Una carmelita evoca la fe de su abuela cuando en un momento dramático le enseñó a aferrarse al Rosario

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1988
La hermana Shawn Pauline es la primera religiosa por la izquierda, en el día de los votos perpetuos de las cuatro, en 15 de julio de 2012.

Las Hermanas Carmelitas del Sacratísimo Corazón de Los Ángeles llegaron a California en 1927 huyendo de la persecución religiosa decretada en México por el presidente Plutarco Elías Calles, que había dado lugar a la Guerra Cristera (1926-1929). Su fundadora fue la Madre Luisita (1866-1937), ahora en proceso de beatificación, y arraigaron con fuerza en torno a su casa madre en Alhambra, consagradas a profundizar la vida religiosa de las familias mediante el cuidado de la salud, la educación y los retiros espirituales.

La Madre Luisita (María Luisa de la Peña), religiosa mexicana que fundó en California en 1927 huyendo de la persecución religiosa.

En 2015 reunieron en un volumen de más de 350 páginas, titulado Moments of Grace [Momentos de Gracia] una buena colección de “pequeñas historias divertidas, inspiradoras y entrañables” vividas por las religiosas y protagonizadas y contadas por ellas mismas, con la intención de animar el día a día de los lectores con una “alegre compañía” de lecturas breves y entretenidas, pero enjundiosas. Como dice significativamente el subtítulo del libro, Las coincidencias no existen, porque es siempre la Providencia de Dios la que actúa a través de pequeños signos.

Como en el caso de una historia de la hermana Shawn Pauline, O.C.D., religiosa que hizo los votos perpetuos el 15 de julio de 2012 tras un recorrido de formación de diez años y que cuenta una bonita historia de devoción a María y de fe en su intercesión por medio del Rosario. La recoge Integrated Catholic Life:

En el centro, la hermana Shawn Pauline, OCD.

Los secretos del Rosario de mi abuela

Sonó el teléfono. Un terrible accidente acababa de ocurrir. Uno de sus nietos había tenido un accidente en la granja.

La fe de la que fui testigo en ese momento bastó para que nunca olvidase el Rosario de mi abuela.

Se trataba de mi primo Drew. Estaba conduciendo el tractor en la granja cuando volcó accidentalmente, cayendo por un profundo terraplén al lado de la carretera. Yo tenía solo 12 años y fue mi primer encuentro con unos traumatismos que amenazaban la vida de alguien a quien yo quería. Vi a mi abuela recibir la noticia en estado de shock, y me impresionó cómo esta mujer de fe se volvió hacia Dios. ¿Con qué rezó? ¿Qué decir cuando has perdido las palabras? ¿Qué gritar cuando el temor se aferra a tu alma y las garras de la impotencia de tu pequeñez humana acogotan tu garganta? Mirando a Dios, con audaz instinto, a través de María, cogió su Rosario y comenzó a rezar en voz alta. Luego me invitó a participar en su unión con Dios por medio de su Madre.

Su testimonio de fe en ese momento perdura en mi corazón como marcado a fuego. En tiempo de necesidad, acude a María y reza el Rosario. Cuando no tengas palabras, dáselas a María. Aunque Drew quedó gravemente herido ese día, estaba vivo, y a las pocas horas emprendía una larga recuperación.

Una fe semejante, sólida como la roca, fue tallada en el corazón de mi abuela, a quien cariñosamente llamábamos Oma.

Oma, nacida en Holanda, aprendió de sus padres, católicos devotos, la importancia de la oración. Vivió los horrores de la Segunda Guerra Mundial e incluso escapó de una muerte próxima cuando una bomba cayó sobre su casa atravesando el tejado. El artefacto no llegó a estallar, y desde entonces hasta hoy conservamos su carcasa en una estantería para que nos recuerde el cuidado providencial de Dios sobre nuestra familia. En el momento en que tuvo lugar el bombardeo, Oma estaba de rodillas sobre el suelo, rezando el Rosario. Ella sabía quién les había salvado la vida.

Ir en el coche con Oma siempre suponía rezar un Rosario, y me aportaba un sentimiento de cercanía a Dios. Su corazón, santo y tierno, me animaba a rezar. Con Oma, rezar el Rosario no era una penitencia, sino una alegría. Su devoción era atrayente, y su dulzura te hacía sentirte amado.

Oma tuvo diez hijos y quiso que todos ellos conociesen este poderoso medio de oración. La familia entera rezaba de rodillas el Rosario todas las noches, fielmente, antes de cenar.

Ésta es la fe que ella transmitió a mi madre, quien a su vez me la transmitió a mí. Y así funciona la cadena de la fe, como la cadena del Rosario une nuestras almas a Dios. Los fieles peregrinos en camino saben que la ruta de la vida puede ser áspera, y sin embargo ¡qué tiernos son los lazos de amor evangélico que trabamos en cada una de las cuentas! Mi corazón se eleva a Dios en gratitud por el testimonio del Rosario de mi abuela.

María, Reina de las Familias, ruega por nosotros.

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