Munilla: el Corazón de Jesús responde a la «herida antropológica» actual del «yo no le importo a nadie»

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El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, desgranó todo lo que puede aportar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús a la labor sacerdotal.

En una conferencia en Nules (Castellón, España) sobre El sacerdocio y el Corazón de Cristo, que tuvo lugar el pasado 28 de noviembre, dirigida al clero joven de la diócesis de Segorbe-Castellón, el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, explicó la actualidad de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús para los sacerdotes.

Sobre todo, por su dimensión evangelizadora, porque expresa “un amor que se ofrece, que sale afuera”. Monseñor Munilla recordó que los orígenes modernos de esta devoción están vinculados a la lucha contra la herejía jansenista y su rigorismo, pero que, aunque hoy la tendencia es otra (se ha perdido todo “sentido de la trascendencia”), el Corazón de Jesús también sana “la herida antropológica actual”, que es el “yo no lo importo a nadie”, la “herida afectiva” del hombre de hoy que “sufre por no ser amado”.

Conectando ambos puntos, el obispo donostiarra explicó que el anuncio evangelizador, para que dé fruto, “tiene que conectar con el anhelo del hombre”, y en ese sentido “la imagen del Corazón de Cristo no solo es la imagen de un Dios que está en salida, que sale para evangelizar, sino que conecta con el corazón del hombre”.

“Una gran potencialidad de la imagen del Corazón de Cristo”, añadió, “es que entendamos la evangelización: Dios que sale al encuentro de un corazón que Le anhela aunque no tenga plena conciencia” de ello. Son “dos corazones hechos el uno para el otro”.

Además la imitación de Cristo obliga no solo a el Anuncio, sino a la catequesis, a acompañar y hacer madurar la fe, dijo Munilla: “El Corazón de Cristo no solo es el corazón ardiente del primer anuncio, es también el corazón paciente que lleva a cabo el acompañamiento para la maduración“. Para conseguir ese equilibrio entre el anuncio y la catequesis, entre el ardor y la maduración, no existen manuales, sino que son imprescindibles “los dones del Espíritu Santo que proceden del Corazón de Jesús, que te da una intuición de cuándo debemos ser ardientes y cuándo debemos ser pacientes… El ardor y la paciencia son contrapuestos en nosotros, pero no en Dios”.

Luego, monseñor Munilla abordó la importancia de ser conscientes de que la Iglesia es depositaria de la Revelación de Dios, y “la imagen del Corazón de Jesús muestra muy especialmente lo que es el misterio de la Revelación de Dios”. Como dijo San Agustín, “el corazón de Dios es la Biblia”, las Sagradas Escrituras son expresión de lo más íntimo de Dios: “El corazón del corazón del corazón de la Revelación es el Corazón de Cristo“, significa que “Dios no tiene secretos para nosotros” y “ha elegido un camino para revelarse”, no varios. “Al hombre moderno le cuesta aceptar la Revelación, le parece demasiado cercano para ser verdad”, por eso “la Revelación se le muestra como una declaración de amor, para que el hombre no tiemble”.

Otro punto que comentó el prelado es que “el Corazón de Cristo es clave para entender el concepto católico de misericordia“, que tiene que ver con su “potencia regenerativa: nos sana, nos rehace, nos transforma“. La misericordia “no es solo la compasión hacia el mísero, sino la gracia que lo rescata de la miseria”. Por eso “pocas veces los sacerdotes nos asimilamos tanto al Corazón de Cristo como cuando administramos el sacramento del perdón de los pecados“.

De esta forma, el sacerdote, cuando santifica, se santifica, porque “la santificación no es una respuesta moral a un requerimiento de conversión, es configurarse con Cristo, conformarse al Corazón de Cristo, identificarse con Él”. Por eso, “el sacerdote es un hombre habitado, habitado por Jesús”.

Finalizando ya su charla, monseñor Munilla recordó una frase del jesuita Pedro Arrupe, quien fuera general de los jesuitas: “La tibieza del sacerdote es la ruina de la Cristiandad“. Por eso, concluyó, es una tarea fundamental de los sacerdotes trabajar su propia santificación, que “va en el mismo pack” que su propia labor santificadora con “ese instrumento de santificación que es el Corazón de Cristo”.

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