La Asunción de María a los cielos «nos recuerda la meta» y «nos despeja el camino», dice el Papa

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1893

Por primera vez en sesenta años, el Angelus rezado por el Papa en la festividad de la Asunción no tuvo lugar en el patio del palacio de Castel Gandolfo, sino en el habitual de todo el año, la Plaza de San Pedro en Roma.

Eso permitió a Francisco, tras la oración, sugerir a los romanos y peregrinos que acudiesen a una de las grandes basílicas de la Ciudad Eterna para celebrar la fiesta: “Sería bonito que hoy vosotros pudierais ir a visitar a la Virgen, Salus Populi Romani, a Santa María la Mayor, sería un bonito gesto”.

Antes de eso, el Papa había explicado “cuál es el motivo más verdadero de la grandeza de María y de su felicidad: el motivo es la fe… La fe es el corazón de toda la historia de María; Ella es la creyente, la gran creyente… María cree y proclama que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y pobres, sino que les socorre con cuidado misericordioso”.

Además, las “cosas grandes” hechas en ella por Dios, continuó el Pontífice, “nos tocan profundamente, nos hablan de nuestro viaje en la vida, nos recuerdan la meta que nos espera: la casa del Padre. Nuestra vida, vista a la luz de María asunta al Cielo, no es un deambular sin sentido, sino que es una peregrinación que, aun con todas sus incertezas y sufrimientos, tiene una meta segura: la casa de nuestro Padre, que nos espera con amor”.

Y concluyó animando al amor a la Madre de Dios porque, “mientras que se desata nuestro camino en esta tierra, ella vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos, nos despeja el camino, nos indica la meta, y nos muestra después de este exilio a Jesús, el fruto bendito de su vientre”.

Texto íntegro de las palabras del Papa en la Asunción de María
Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Buena fiesta de la Virgen.

Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más importantes dedicadas a la Santísima Virgen María: la fiesta de su Asunción. Al finalizar su vida terrena, la Madre de Cristo ascendió en alma y cuerpo al Cielo, en la gloria de la vida eterna, en plena comunión con Dios.

La página del Evangelio de hoy (Lc 1, 39-56) nos presenta a María que, justo después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, va a visitar a la anciana pariente Isabel, también ella esperando un niño de forma milagrosa. En este encuentro lleno de Espíritu Santo, María expresa su alegría con el cántico del Magnificat, porque ha tomado plena conciencia del significado de las grandes cosas que se están realizando en su vida: por medio de Ella se cumple la espera de su pueblo.

Pero el Evangelio nos muestra también cuál es el motivo más verdadero de la grandeza de María y de su felicidad: el motivo es la fe. De hecho, Isabel la saludó con estas palabras: “Bienaventurada tú por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1,45). La fe es el corazón de toda la historia de María; ella es la creyente, la gran creyente, sabe -y lo dice- que en la historia pesa la violencia de los prepotentes, el orgullo de los ricos, la arrogancia de los soberbios. Aún así, María cree y proclama que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y pobres, sino que les socorre con cuidado misericordioso, derrocando a los poderosos de sus tronos, dispersando a los orgullosos en las parcelas de sus corazones. Y esta es la fe de nuestra madre, esta es la fe de María.

El cántico de la Virgen nos deja también intuir el sentido cumplido de la historia de María: si la misericordia del Señor es el motor de la historia, entonces no podía “conocer la corrupción del sepulcro aquella que ha generado al Señor de la vida” (Prefacio). Todo esto no tiene que ver solo con María. Las “cosas grandes” hechas en ella por el Omnipotente nos tocan profundamente, nos hablan de nuestro viaje en la vida, nos recuerdan la meta que nos espera: la casa del Padre. Nuestra vida, vista a la luz de María asunta al Cielo, no es un deambular sin sentido, sino que es una peregrinación que, aún con todas sus incertezas y sufrimientos, tiene una meta segura: la casa de nuestro Padre, que nos espera con amor. Es bonito pensar esto, que tenemos un Padre que nos espera con amor. Y que nuestra Madre María también está arriba, nos espera con amor.

Mientras transcurre la vida, Dios hace resplandecer “para su pueblo, peregrino sobre la tierra, un signo de consolación y de esperanza segura”. Ese signo tiene un rostro y un nombre: el rostro luminoso de la Madre del Señor, el nombre bendecido de María, la llena de gracia, beata porque ha creído en la palabra del Señor. La gran creyente. Como miembros de la Iglesia, somos destinados a compartir la gloria de nuestra Madre, porque que, gracias a Dios, también nosotros creemos en el sacrificio de Cristo en la cruz y, mediante el Bautismo, entramos en este misterio de salvación.

Hoy todos juntos le rezamos, porque, mientras que se desata nuestro camino en esta tierra, Ella vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos, nos despeja el camino, nos indica la meta, y nos muestra después de este exilio a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Oh clemente, oh pía, oh dulce Virgen María.

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