Un himno canta desde hace siglos las glorias de María Corredentora: «O gloriosa domina»

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La Virgen María, a los pies de la Cruz, uniendo su sufrimiento al de Cristo. "La Pasión" de Mel Gibson (2004).

La fe de la Iglesia en María como Corredentora ha tenido infinidad de expresiones a lo largo de la Historia. Massimo Scapin, compositor, pianista y director de orquesta, recuerda una de ellas de excepcional belleza en un reciente artículo en One Peter Five:


Santuario de las apariciones

Música gloriosa para nuestra Gloriosa Corredentora

Es necesario «arrebatar los rosarios de las manos de las ancianas». ¿Cómo olvidar esta declaración del cardenal Michele Pellegrino (1903-1986), arzobispo de Turín entre 1965 y 1977, dirigida a su clero y que el autor de este artículo escuchó a menudo durante su juventud romana? Suelo recordarla sobre todo en el mes de octubre, que se llama el mes del Rosario precisamente por la «cadencia espiritual» derivada de la memoria litúrgica de Nuestra Señora del Rosario (7 de octubre).

Lejos de los que, ya adultos y emancipados, no «pierden el tiempo» con esta práctica devota «que los cristianos siempre han encontrado de maravillosa utilidad», nosotros en cambio acogemos la invitación que el Rosario nos hace a dejarnos guiar por la Santísima Virgen, modelo de fe, en la meditación de los misterios de Cristo: «En el Rosario, toda la parte que María tomó como nuestra Corredentora nos llega, por así decirlo, expuesta, y de tal manera como si los hechos tuvieran lugar en ese momento» (León XIII, Iucunda Semper Expectatione, 8 de septiembre de 1894).

Una invitación a aplaudir a María como «cooperadora gratuita en la obra de salvación del hombre» se encuentra en la tercera estrofa del espléndido himno O gloriosa domina, que abre la oración de la mañana (Laudes) en las fiestas marianas (Común de la Santísima Virgen María) y que atestigua lo arraigada que está esta idea desde hace siglos en el sensus fidei del Pueblo de Dios, esa especie de instinto sobrenatural que guía a los cristianos [Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 56].

El texto se atribuye a San Venancio Fortunato (530-607), obispo de Poitiers, en Francia; autor también de elegantes himnos a la Santa Cruz, como Pange lingua… certaminis (el del Viernes Santo) y Vexilla regis prodeunt.

«¡Oh gloriosa Señora, excelsa sobre las estrellas, que amamantaste a Quien sabiamente te creó! Lo que nos quitó la infausta Eva, lo restituyes con tu divino Hijo. Para que los desventurados entren en la gloria, eres la entrada del cielo. Tú eres la puerta del gran Rey, la brillante puerta de la luz. Pueblos redimidos, aplaudid a la Vida dada por la Virgen. Gloria a ti, Señor, que has nacido de la Virgen, con el Padre y al Espíritu Santo, por los siglos sempiternos. Amén.»

Este himno, casi un pequeño tratado de mariología, es muy querido por muchos santos y fieles. Era el favorito de San Antonio de Padua, que lo cantaba con voz débil justo antes de morir en el convento de la Arcella, al norte de la ciudad de Padua, en Italia, el 13 de junio de 1231. Así lo describe el jesuita portugués Emmanuel Azevedo en su espléndida hagiografía: «Después de una breve pausa de silencio quiso hacer una confesión sacramental; entonces, como un cisne cercano a la muerte, comenzó a cantar, según cuentan algunos, el himno O gloriosa Domina, que solía recitar a menudo contra los demonios y en los momentos de tribulación» (Vita di Sant’Antonio di Padova taumaturgo portoghese, Venecia 1788).

Giovanni Pierluigi da Palestrina, conocido como «El Príncipe de la Música».

Todavía hoy se interpreta este himno, cada viernes, ante la tumba del santo.
A diferencia de Lutero, que en un sermón de 1525 instaba a eliminar las fiestas y celebraciones marianas ya que no se mencionaban en las Escrituras y oscurecían la primacía de Cristo, grandes compositores como Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594), Orlando di Lasso (1530 o 1532-1594) y William Byrd (1543-1623) estaban más cerca de la verdadera fe y, por tanto, de las prerrogativas especiales de María: la inmaculada concepción, la virginidad perpetua, el papel de corredentora de la Virgen (Cf. Contra Festum Nativitatis Mariæ en J. Conchlæus, Duo sermones de beata Virgine Maria, Basilea 1548). Y pusieron música al himno O gloriosa domina.

En 1589, el Musicæ princeps -el «Príncipe de la Música» según las palabras inscritas en el ataúd de Palestrina en la Basílica del Vaticano- lo utilizó para componer un motete de doce partes y tres coros para la Cappella Giulia, el coro de la Basílica de San Pedro en el Vaticano que, junto con la Salve Regina de doce partes, es probablemente una de las primeras obras del compositor para más coros (Cf. F. M. Torrigio, Le sacre grotte vaticane, Roma 1635; L. Bianchi, Le composizioni latine a 12 voci, vol. 32, Istituto Italiano per la Storia della Musica, Roma 1972].

Cada uno de los tres coros canta una sola estrofa del poema antes de combinarse en la doxología final. «El primer coro canta la primera estrofa», escribe Giuseppe Baini, el primer biógrafo de Palestrina del siglo XIX, «en cuatro partes con melodías y armonías de tan buen gusto y claridad de ideas, que solo el verso Qui te creavit es suficiente para concluir que nadie más que el príncipe de la música podía haberla compuesto. El segundo coro canta en cuatro partes la segunda estrofa: Quod Eva tristis abstulit con frases completamente nuevas y modulaciones muy refinadas, aunque fáciles y naturales, sin fatiga ni esfuerzo. El tercer coro canta la tercera estrofa, Tu Regis alti ianua, sin la participación del alto, con un vigor de conceptos tan noblemente felices que invitan a cualquiera a aplaudir a la Corredentora del género humano. Los tres coros se unen en la última estrofa, Gloria tibi, Domine, qui natus es de Virgine: y aquí destacan las ideas grandes y fáciles, que producen un efecto sorprendentemente maravilloso proporcionado al carácter incomparablemente sublime de esta composición» [Memorie storico-critiche della vita e delle opere di G. Pierluigi da Palestrina, vol. 2, Roma 1828].

Los que se entristecen por quienes consideran a María una mujer simple, madre y discípula, además de mestiza y nunca Corredentora, o por quienes dicen que atribuir un nuevo privilegio a la Virgen sería una pérdida de tiempo, podrían consolarse con el himno O gloriosa domina, que resume esos privilegios.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

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