Fabrice Hadjadj: «Ha llegado el momento de ver a José como padre por derecho propio, como el padre humano por excelencia»

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La Sagrada Familia, vista por Murillo.

Fabrice Hadjadj ha contribuido de manera original al Año especial dedicado a San José proclamado por el Papa Francisco, y lo ha hecho con un libro cuyo título recuerda a los manuales de autoayuda: Ser padre con San José. Una pequeña guía para el aventurero de los tiempos posmodernos, cuya estructura interna nos recuerda que el autor es el director de un instituto de estudios antropológicos en Friburgo.


Santuario de las apariciones

El texto está organizado en doce lecciones, cada una con un título que indica las tareas encomendadas a San José (desde “Ante todo, ser hijo” hasta “Aprender a morir”). Las reflexiones se basan en el Antiguo y el Nuevo Testamento, Freud y Chesterton, Péguy y Cormac McCarthy, pero también en la experiencia personal de Hadjadj como padre de nueve hijos (cinco niñas y cuatro niños), de tal manera que la profundidad teológica-filosófica-psicoanalítica y el sentido común nunca están separados.

En el centro está San José, un hombre de deseo y no de deleite, es decir, un hombre de castidad viril. Hadjadj escandaliza a los pudibundos al afirmar que ciertamente existió un deseo apasionado entre José y María, que mediante la renuncia al deleite se mantuvo intacto como deseo, y les llevó a cumplir una tarea que era claramente superior a sus fuerzas: ser padre y madre del Hijo de Dios.

El papel del padre, como explica Freud, es separar al hijo de su madre, pero también es separarlo de su autoridad humana y, por último, de sí mismo (para que no se hunda en el narcisismo o la pulsión). Esto es lo que hace José: “Al dar su nombre al hijo, al hacer entrar su carne en la palabra, el padre ha impedido su fusión con la madre. Al presentarlo en el templo, al consagrar al primogénito al Señor, se despoja de sí mismo, reconoce que su paternidad es solo un vacío que arranca al hijo de la matriz para ofrecerlo a la misericordia de Dios. Separa al hijo de su madre para que el Eterno lo separe de él”.

Y, por supuesto, debe educar en la ley, que también está hecha de prohibiciones: “Sin interdicción, si todo estuviera disponible, estaríamos encerrados en la esfera de las pulsiones. Frente a nosotros no habría personas, solo objetos para nuestro deleite. Acabaríamos frustrados, aburridos, neuróticos. El padre frena la pulsión para dar acceso al deseo […], permitiendo que el consumidor se convierta en contemplativo”.

Rodolfo Casadei ha hablado con Hadjadj de esto y mucho más en una entrevista en Tempi:

-Fabrice Hadjadj, la tradición cristiana siempre ha subrayado que José no era el verdadero padre de Jesús: lo ha llamado padre putativo, adoptivo, legal. En cambio, usted escribe que “nadie es más radicalmente padre que San José”: ¿por qué?

-Para mí sería un motivo de gran tristeza haber escrito algo contrario a la tradición cristiana. Tengo en alta estima esta tradición, pero la distingo de los relatos apócrifos y de las obras demasiado piadosas, donde hay más buenos sentimientos que buena teología, y más puritanismo que pureza.

»La tradición afirma dos cosas que no cuestiono en absoluto: 1) que Jesús en persona es Hijo del Padre, verdadero Dios que tiene origen en el verdadero Dios; 2) que María es madre y, sin embargo, siempre virgen. En otras palabras, la concepción de Jesús, en su humanidad, es milagrosa: viene del Espíritu.

»Ahora bien, nada nos impide considerarlo como la excepción que confirma la regla. También debemos afirmar, siguiendo la estela de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, que la gracia no destruye la naturaleza. Sin esto caeríamos en el gnosticismo: el Dios redentor estaría en contradicción con el Dios creador, y la Sagrada Familia se convertiría en el argumento más fuerte para desmantelar la familia natural, porque sería la verdadera pionera de la reproducción asistida sin padre.

»Si leemos el Evangelio, en el momento del hallazgo en el templo María le dice a Jesús en medio de los doctores: “Tu padre y yo te buscábamos angustiados” (Lc 2,48). Señala a José como “padre”, sin ninguna limitación. Si damos la razón a San Agustín, en su sermón 51 encontramos esta notable observación: “Si María unió la maternidad y la virginidad, ¿por qué José, permaneciendo virgen, no habría podido ser padre?”. Hoy nos preguntaríamos: ¿de dónde salió el cromosoma “Y” de Jesús? El Espíritu Santo no tiene ADN. ¿Por qué su sombra no habría podido seguir milagrosamente el genoma de José? Pero a este reduccionismo genético se le escaparía lo esencial.

»En conclusión, si lo analizamos un poco se llega a esta triple observación: jurídica, antropológica y teológica.

»En primer lugar, José no es un padre adoptivo, porque no adopta al hijo de otro hombre. Por consiguiente, no hay otro padre humano más que José; tampoco hay un proyecto parental de José y María con vistas a la adopción.

»En segundo lugar, el padre no se convierte en padre del mismo modo que la madre se convierte en madre, es decir, mediante una metamorfosis física: el acto de paternidad consiste sobre todo en un acto de reconocimiento y legitimación. Tradicionalmente, el padre es aquel que es señalado por la madre y que confiere al hijo la línea de descendencia (Mateo y Lucas resaltan estos dos aspectos).

»En tercer lugar, desde el punto de vista teológico, hay que afirmar que José se convirtió en padre, no por las fuerzas de la naturaleza, sino por el propio Autor de la naturaleza, que es mucho más radical que cualquier padre biológico. Creo que ha llegado el momento de ver a José como padre por derecho propio, e incluso como el padre humano por excelencia.

-Tradicionalmente se representa a San José como un anciano, quizá para hacer más aceptable la idea de que tomó como esposa a una mujer que no estaba embarazada de él y que su unión permaneció casta tras el nacimiento de Jesús: usted, en cambio, sugiere que estaban enamorados como todas las parejas de novios. ¿Por qué deberíamos dar la justa consideración al enamoramiento de José por María, y viceversa?

-Porque la salvación del mundo no es la salvación de las apariencias. El anciano bueno que adopta a la joven madre para no contravenir las convenciones burguesas encaja bien con el moralismo, pero no con el misterio de la salvación. En este misterio, es la propia humanidad la que se salva, es decir, el hombre y la mujer que se desean, que se enamoran, que se buscan apasionadamente, como en el Cantar de los Cantares o en Los novios [de Alessandro Manzoni]…

»Dios quiso que su Hijo se encarnara en el seno de una virgen prometida, no soltera. Quería que Jesús fuera el fruto del amor de un hombre y una mujer, de un amor verdadero y carnal, no de un contrato destinado a preservar el orden farisaico. Eso es todo, tal como había visto, y bien visto, Charles Péguy, en su esfuerzo por pensar en una unión excepcional, inimitable, a la vez carnal y virginal.

»Además del Cantar de los Cantares, hay que citar el final del Apocalipsis: “El Espíritu y la esposa dicen: ‘¡Ven!'” (Ap 22,17), y le dicen esto al hombre del deseo. Esto es lo que intento decir: José como hombre de deseo y no de deleite. El deleite, en sí, no es algo malo, pero a partir del pecado original se ha desviado. José como hombre del deseo viene a corregir en nosotros ese apetito del deleite que tiende a convertir a las mujeres en delicias gastronómicas. Pero incluso antes, en sentido positivo, viene a manifestar una sensibilidad viril, viva y poética, para así despertar la nuestra. El novio del Cantar expresa esta sensibilidad viril, que es sensibilidad al misterio de lo femenino, en estos términos: “Me has robado el corazón con una sola mirada tuya, con una vuelta de tus collares” (4,9).

-¿Por qué es importante que sea José quien dé el nombre al niño al que María da la carne, y que el nombre que dé José sea el que le indicó el ángel?

-En lo que atañe al Verbo eterno, el acontecimiento es que se hizo carne, y por eso miramos en primer lugar a María, en quien se cumple este acontecimiento. Que el Verbo se hiciera humano, que recibiera un nombre -el nombre de un padre humano- es también, sin duda, un acontecimiento, pero cuya novedad es más antigua: toda la Revelación, la Ley y los Profetas representan ya el paso del Verbo divino en la palabra humana.

»Ciertamente, al dar al Hijo el nombre revelado por el ángel, José aparece como figura del Padre celestial: dice el nombre de Jesús como el Padre proclama eternamente su Palabra. Pero a esta razón teológica se añade una razón antropológica: que el hijo reciba su nombre de su padre y no de su madre es una forma de pasar del ámbito de la inmediatez sensible al de la mediación a través de la palabra dada. Como dice el adagio latino: Mater certissima, pater semper incertus… La identidad de la madre concierne a la evidencia física. La identificación del padre pasa por la fe en la palabra de esta madre evidente. La madre dice: “Es él, creedme…”

»Así que para ver al padre hay que creerlo. Su realidad siempre es una realidad de la palabra. Hacer una prueba genética no cambia nada: la prueba no elimina el acto de fe, simplemente ya no se cree en la palabra de una mujer, sino en los certificados de una empresa de biotecnología. Pero sobre todo, como ya he dicho, puesto que la paternidad no cambia el cuerpo del hombre, puesto que el padre no se convierte en la primera morada y el primer alimento del hijo, la cuestión para él siempre es, fundamentalmente, la del reconocimiento moral. Él debe responder: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17).

-Tradicionalmente, la decisión de la Sagrada Familia de vivir frugalmente en Nazaret se ha considerado como el prototipo de la opción preferencial por los pobres de la Iglesia posconciliar. Usted, en cambio, considera que es algo más cercano al distributismo de Chesterton y Belloc.

-La opción preferencial por los pobres no debe convertirse en una opción preferencial por los ricos que dan limosna. Ayudar a un pobre significa permitirle que sea autónomo y, por ende, disponer de los medios de producción necesarios para su dignidad de hombre libre. En otras palabras, permitirle el acceso a la propiedad familiar. Este es el significado bíblico del Jubileo: el júbilo no es una emoción que aturde, sino la alegría por la justicia económica.

Fabrice Hadjadj, judío converso al cristianismo, es uno de los intelectuales católicos más relevantes e influyentes de las últimas décadas en Francia.

»El Cantar de los Cantares también concluye reconsiderando las condiciones materiales del amor, es decir, de la subsistencia familiar: “Mi propia viña es para mí, los mil siclos para ti, Salomón” (8,12). Cada familia tiene su viñedo y su casa, y no solo el dinero que le permitiría consumir sometiéndose a un poder centralizado

»Según Mateo, José se establece en Nazaret para huir de Jerusalén y Judea, donde el rey Arquelao, hijo de Herodes, sigue amenazando al niño. Es necesario leer este pasaje a la luz de la historia de Israel, especialmente como la relatan los libros de Samuel y de los Reyes. No olvidemos que José es descendiente de David y, por consiguiente, heredero de esa historia monárquica en la que la centralización del poder, a imitación de las naciones, acaba destruyendo poco a poco el reparto equitativo de la propiedad entre todas las familias…

»La utopía bíblica no es una utopía de ideólogos, sino de padres de familia. Se trata de vivir con los seres queridos en la propia tierra, en la propia tribu, en relación con las otras tribus y con el emigrante (“pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”, Éx 22,20), teniendo como único rey al Sol de la Justicia…

-En la parte final del libro usted describe la condición vertiginosa del padre ante el recién nacido: feliz por el bien que representa la vida de su hijo, triste al pensar que el mundo manchará su pureza y que el hijo también está destinado a morir. Es una condición de vértigo que también experimentó José ante Jesús, y Dios mismo en la persona del Padre que entregó a su Hijo por nosotros. ¿Cómo puede el hombre común mantenerse dentro de este vértigo sin perder la esperanza?

-Siguiendo lo que la epístola a los Romanos dice sobre AbrahamContra spem in spem. “Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos” (Rm 4,18). Creo que estas palabras, que se refieren al sacrificio de Abraham, se aplican a toda paternidad humana: espera donde no hay esperanza, abre un camino en medio del mar, relanza el futuro. Porque el futuro es una dimensión de la sexualidad antes de ser una dimensión del tiempo: es la posteridad, son los hijos e hijas que vivirán después de nosotros, fuera de nuestra visión y nuestra protección…

»Tengo nueve hijos, y por eso soy nueve veces más vulnerable. Tengo, por así decirlo, nueve veces más alegría y nueve veces más angustia. Pero nuestro destino, aquí abajo, es que la alegría y la angustia crezcan juntas, inseparablemente. Cuando delante del cambiador contemplo a la última que ha llegado, la pequeña Abigail (nombre que en hebreo significa “alegría del padre”), me siento sorprendido por esta vida tan llena de confianza, tan radiante; pero al mismo tiempo me digo: “¿Qué será de esta niña?” Preveo las pruebas por las que pasará, las tentaciones: la desesperación, la presunción, el suicidio…

»La llegada del asombro coincide con su exposición al horror. Pero así es la aventura de la vida más viva: esperar contra toda esperanza, dar gracias por la vida recibida a través de la vida dada. Para evocar la disposición interior del padre, su tono afectivo más fundamental, suelo citar una carta en la que Tolkien explica a su hijo la emoción que provoca lo que él llama una “catástrofe feliz”: “Viene de esos lugares en los que la Alegría y el Dolor son una sola cosa, reconciliados”. Así es la fuente fecunda y refrescante. Brota más profundamente que nuestras alegrías y penas psicológicas: de esta nada de la que el Eterno crea y recrea todas las cosas…

Traducción de Elena Faccia Serrano.

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