Con depresión, pensando en el suicidio y lejos de la fe, acabó en Medjugorje: «Me ha cambiado la vida»

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Diana, en Medjugorje:

Hasta no hace mucho, no pasaba un día sin que Diana se odiase a sí misma, se enfrentase a su familia o pensase en el suicidio. Estaba convencida de que «no valía nada». Por eso sorprende uno de los últimos vídeos subidos a la conocida sección del canal Manual para enamorarse, Cuentos con la Virgen. Lo que puede verse es a una joven con un sentido en la vida y un «brillo en los ojos» que siempre deseó tener. 

¿Cómo lo encontró? Siempre pensó que sería en aquello que le daba «un poco de felicidad», en «flotadores» que impedían que se hundiese del todo, en las relaciones… ¡en sus perros! Pero donde no imaginó que podría estar la respuesta y el verdadero «salvavidas» era en la Virgen María.

Hace unos días, relató ante un auditorio que 2023 fue para ella el año en que «tocó fondo». Estuvo internada en tratamiento, sufría depresión y pensaba con frecuencia en acabar con todo.

Criada en una familia que le inculcó «la semilla» de la fe, admite que «nunca le echaba gasolina» y que su visión de Dios era la de un bombero al que acudía «cuando quería ayuda con algo» o cuando sentía que se ahogaba «un poco más» de lo que lo había hecho toda su vida.

«Crecí con muchos vicios, resentimientos con mi familia, siempre viéndome la víctima por todo lo que salía mal y con una falta de amor propio indescriptible«, confiesa.

Pensando en acabar con todo

Llegó a ir al psicólogo o al psiquiatra hasta tres veces por semana y trataba incluso de meditar y rezar -«en ese orden»- por su cuenta, viviendo «de vacío en vacío» y «sintiendo siempre que faltaba algo». Especialmente por ver cómo aunque «idolatraba» lo que le hacía mínimamente feliz, como los novios, perros o amigos, comprobaba que «no eran permanentes».

«No hay ni un solo día desde diciembre de 2022 que no pensase en morir o que nadie me echaría de menos», relata.

Si en enero tocó fondo, en mayo tomó la resolución de «sanar y no volver atrás». Fue gracias a su psicóloga y su psiquiatra, católicas, que le recomendaron llevar una vida coherente con la fe que le habían enseñado y, en ocasiones, practicaba.

Un día, rezando, dirigió una sola propuesta: «Señor, dime dónde quieres que vaya«.  Ella misma admite que aunque siempre ha conocido a gente que dice «Dios me habla» o «Dios me muestra las señales», a ella nunca le ha ocurrido algo similar.

Hasta que un día, su tía, con la que llevaba años sin hablar, comenzó a escribirle insistentemente para reunirse juntos con un sacerdote. Por primera vez en mucho tiempo se «abrió», le habló de su vida sentimental y escuchó todos sus consejos.

Casualidades, llamadas al silencio y un consejo: «Vete»

También escribió a su primo, seminarista, pidiéndole consejo. «Lo que necesitas es silencio. Busca a la Virgen y ten silencio», le dijo. Su tía le respondió algo similar: «Lo que necesitas es silencio. Vete».  «Silencio, silencio… todos a mi alrededor me lo decían, que cuando Dios pone las cosas así, hay que seguirlas», recuerda.

¿Pero a dónde debía ir? La respuesta no tardó en llegar cuando supo que el sacerdote con el que habló aquel día organizaba un viaje a Medjugorje.

Al llegar, veía cómo todos rezaban el rosario mientras ella ni si quiera tenía. Compro para su familia y uno para ella, pero lo sostenía «sin tener ni idea» de cómo rezarlo. Realmente, dice, «no sabía nada».

Estaba subiendo la colina de las apariciones mientras rezaba cuando, al ver la estatua de la Virgen le invadió un llanto desconsolado mientras rezaba. «Pasaban los minutos y no paraba de llorar. Cuando bajé me sentí llena, pero algo me faltaba», explicó.

Le plantearon la posibilidad de confesarse, pero recuerda en tono cómico como pensaba que sería la reacción de un sacerdote al escucharle tras años sin hacerlo desde su primera comunión.

«Le cuento a alguien todo lo que he hecho y sale corriendo. No puedo decirle a alguien todo lo que yo he hecho en esta vida. ¡Ni sabía que la envidia era un pecado! Imagínate mi lista», dijo entre risas.

«Quería ese brillo en los ojos al hablar del Señor»

Pero conforme pasaban las horas, Diana veía tantos testimonios, personas y vidas cambiadas que no podía creerlo.

«La primera persona que vi con esa luz cuando te habla de Dios y la Virgen fue Ayram [fundadora y autora de Manual para enamorarte]. La veía hablándome del Señor, de la Virgen, los ojos la brillaban… me daba envidia. Yo quería eso. Quería poder hablar así de algo en mi vida», relata.

Ella, en cambio, lo veía como algo lejano. «Detestaba verme. No podía ni mirarle al espejo, me sentía fea, que no valía nada, al preguntarme por mí solo decía lo peor de mi vida y lo malo que había hecho, con miedo de sentirme sola y de que me juzgasen», confiesa.

Pero aquel día, por primera vez en mucho tiempo, se sintió bien. Más segura y confiada.

Entonces llegó la subida al monte Križevac, donde los peregrinos de Medjugorje rezan el Vía Crucis.

«Lo que más me gustó fue [pensar] que Jesús se cayó tres veces. Y se levantó, con una cruz, sangrando, en cueros… Y yo me he caído tantas veces este año… ¿No puedo desnudarme por miedo a mi misma? Porque Él ya sabe todo lo que yo había hecho», pensó en referencia a confesión.

Tras su encuentro con Dios y María, Diana expresa convencida su conclusión sobre Medjugorje: «Me ha cambiado la vida» (en la imagen, peregrinos en el monte Križevac). 

«María, ¿qué necesitas de mi?»

Pero con ese primer Vía Crucis, Diana sintió como su corazón se llenaba de «una paz inmensurable» que siempre había buscado. También haciendo un balance de la ayuda, entrega y consejos que había recibido de todos sus compañeros de viaje sobre la familia, la obediencia, la disciplina, la castidad o el «levantarse cien veces».

Una mañana, en misa, se decidió por rezar a la Virgen, a quien hasta ese momento se había negado a dirigirla una oración.

«María, yo nunca te he rezado. Pero si todo el mundo dice que eres nuestra madre y secas las lágrimas, aquí estoy. ¿Qué necesitas de mí? ¿Qué tengo que hacer? Quiero que le digas a Jesús que me limpie, que me ayude con esta cruz, con no pensar en suicidarme… No puedo ofrecerte nada, solo esto, una promesa, y pedirte que me sostengas, sentir lo que todo el mundo siente cuando tú intercedes».

Fue en ese momento, al saber que tenía que levantarse, sanar y , cuando tomó conciencia de que debía acudir a la confesión.

Pasados los días, Diana sigue sin poder explicar cómo «salían» las faltas que confesaba, especialmente tras llevar sin hacerlo desde su primera comunión.

«Lo que dije fueron cosas que no había dicho a nadie en mi vida. Los pecados más fuertes fueron los que primero salieron, y no los tenía ni contados», recuerda.

Al terminar, la joven lloró junto al sacerdote, sintiendo cómo dejaba atrás un gran peso, subió a la colina de nuevo y, al bajar, su primo seminarista acababa de escribirle un mensaje: «¿Eres feliz?».

«Gracias a todos. Me habéis cambiado la vida. El Señor la ha cambiado«, concluye.

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