Cuatro relaciones curiosas de la Asunción: Teología del Cuerpo, Santiago, Napoleón o «la batalla»

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Algunas relaciones curiosas de la Asunción y la teología.
Sacerdotes, especialistas y obispos exponen algunas relaciones curiosas de la solemnidad de la Asunción con la teología católica.

Desde que en 1950 el Papa Pío XII definió el dogma de la Asunción de María en la Constitución Munificentisimus Deus, la Iglesia universal celebra cada 15 de agosto esta solemnidad.

Con frecuencia, los discursos y homilías abundan en el aspecto teórico del dogma -al final de su vida terrena María fue llevada en cuerpo y alma al cielo-, quedando en un segundo plano la relación de este dogma y solemnidad con aspectos más cotidianos y tangibles del día a día. Pero, ¿puede este dogma tener alguna relación con el Camino de Santiago, Napoleón, o Juan Pablo II y su Teología del Cuerpo?

Recogemos las relaciones curiosas de la Asunción de cuatro sacerdotes, obispos y expertos que así lo consideran:

1º John M. Grondelski: la Asunción y la Teología del Cuerpo

Para el exdecano de la Facultad de Teología de la Universidad Seton Hall (Nueva Jersey) John M. Grondelski, la Asunción de María se trata de «un signo y confirmación» de quien era ella, de modo que, «como Jesús,  su persona completa en cuerpo y alma está en el Cielo«.

En este sentido, explica que la teología católica no piensa en el cuerpo como una prisión de la que «escapar». De  de hecho, recurre a la «teología del cuerpo» de San Juan Pablo II para afirmar que «el cuerpo es una parte integral de uno mismo».

Algo de lo que ya habló San Pablo en Corintios 15:20 -«Cristo resucitó de entre los muertos, como primicias de los que durmieron»-, que el especialista cita para incidir en que la resurrección «no es un hecho aislado, sino el primer paso de una cadena que termina en la resurrección de los hombres«.

Según esto, la asunción de María no serían sino «los siguientes frutos» y primera aplicación del poder desatado en la Pascua: «La renovación de la tierra que comenzó con Jesús y que esperamos en la resurrección de los muertos ha pagado ya su primera cuota en María. La Asunción es privilegio de María, pero también es nuestra promesa. Su cuerpo, como el de su Hijo, ha ido a donde nosotros también esperamos ir un día, en cuerpo y alma».

2º Laureano Castán Lacoma: la Asunción y la 1ª resurrección

Un planteamiento cercano a este es el que postuló en Las bienaventuranzas de María Laureano Castán Lacoma, que fue obispo auxiliar de Tarragona y también titular de Sigüenza-Guadalajara.

En este libro, expone que ya sea considerando la muerte de María al igual que su hijo, o bien que quedó preservada de esta consecuencia del pecado original, es posible mantener que María fue beneficiaria de la «primera resurrección» de la que habla el Apocalipsis: «Bienaventurado y santo el que tiene parte en la resurrección primera; sobre ellos no tendrá poder la muerte segunda, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con Él por mil años».

«Si murió», explica, «hubo, previa su asunción al cielo, su resurrección, volviéndose a juntar su alma santísima con su cuerpo virginal e incorrupto por obra de la omnipotencia de Dios. Ésta fue su ´resurrección primera´. En la hipótesis de que no hubiera muerto, esa misma exención de la muerte sería esa ´primera resurrección´, gracia no menor, por cuanto mejor es conservar por virtud divina la vida que recuperarla por el favor de Dios».

De una forma u otra, «bienaventurada, pues, María porque tuvo parte en la `resurrección primera´, como Reina de los mártires, sin tener que esperar, como el resto de los santos, hasta el fin de las edades para tomar parte en la general resurrección», concluye monseñor Castán.

3º Santiago Martín: la Asunción y el Camino de Santiago

El planteamiento que llevó a cabo el sacerdote Santiago Martín sobre la Asunción en uno de sus últimos sermones al respecto fue especialmente «tangible» al comparar el contenido de este dogma con algo tan palpable como el Camino de Santiago.

«Es el relato de la vida de cualquiera de nosotros: ¿Por qué andas ese camino?», preguntó. Para el sacerdote, andar el camino «no es la meta» en sí mismo, sino llegar a Santiago. Porque si lo fuese caminar, «podrías ir a cualquier otro sitio o dar vueltas en círculo».

«Es la esperanza y el sueño de llegar a la meta lo que te hace seguir andando con los pies heridos, subir las cuestas y bajarlas después. Es la meta lo que te empuja, lo que te atrae y lo que te hace llegar», explicó. Y esto no solo «es la vida», sino que también fue «lo que hizo la Virgen«.

«La Asunción es el final de su camino en la tierra, ha llegado, ha tenido sus pies heridos, momentos de desanimo… su montaña definitiva fue la del Calvario, donde acompañó a su hijo. Y todo eso lo llevaba adelante porque quería llegar a la meta y eso es lo que no podemos olvidar: la certeza de que la meta es el Cielo y estar con Cristo. Si olvidamos eso, la vida deja de tener sentido y es un caminar muchas veces absurdo. Tener presente la meta es lo que nos va a ayudar a dar esos pasos y hacerlo deprisa, porque queremos estar con Cristo», concluyó.

4º El obispo Munilla: la Asunción, la batalla espiritual y Napoleón

También un sermón del obispo Munilla sobre la Asunción, destacó que en esta solemnidad la Virgen María hace entender que «hay una gran batalla» espiritual que «acontece en el día a día de nuestra existencia, en unas trincheras que pasan por el interior del corazón».

El obispo explicó que en la Asunción, María «quiere presentarse como el gran modelo de imitación y mediadora de Dios, es toda de Dios y nosotros estamos llamados a serlo por entero».

Por eso, indicó que la Asunción es un buen momento para seguir la invitación mariana de lo que el obispo llama «un giro copernicano espiritual» y pasar de contemplar el mundo girando en torno al hombre a ver la existencia de modo «cristocéntrico, girando en torno a Dios».

La misma homilía, pronunciada en el 250º aniversario del nacimiento de Napoleón, rememoró los intentos de Bonaparte de «acabar con el catolicismo», una de cuyas medidas fue derogar la fiesta de la Virgen y sustituirla por «San Napoleón». También se refirió al secuestro del Papa Pio VI y una suerte de epitafio pronunciada por Bonaparte, «Pío VI y último».

Una profecía, dijo Munilla, «que nunca se cumplió», pues hoy, en Francia, «no se celebra San Napoleón sino la Virgen de la Asunción”.

 

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