Balduino, un rey católico y profundamente rendido a la Virgen: «Enséñame, Mamá, a aceptar y a amar mi debilidad»

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Balduino y Fabiola compartieron amor, y también una fe intensa, superando sufrimientos conjuntos de la mano de Dios y la Virgen

Balduino fue el rey de los belgas desde que fue coronado en 1951 hasta su fallecimiento en España en 1993. Precisamente, este especial vínculo le venía por su querida esposa Fabiola, reina de Bélgica pero española.


Madre Ven

El monarca fue ante todo un profundo creyente católico. La fe fue guía de su vida y la de su esposa Fabiola, y su catolicismo fue marcando las decisiones que tuvieron que tomar a lo largo de su vida.

Sobre el testamento espiritual de este rey se acaba de publicar en español  El rey Balduino. El legado de su vida (Ed. Libros Libres), que recoge memorias del cardenal Suenens, que le acompañó en la fe, sobre Balduino y se amplía con fotos y textos espirituales que escribió el Rey.

En la presentación de la obra en Madrid el padre Pablo Cervera destacó varios aspectos del Rey que aparecen en este libro. A continuación ofrecemos la parte en la que trató su relación con la Virgen:

La dimensión mariana en la vida de Balduino

A la entraña del discípulo de Cristo corresponde acoger a la Madre, la Virgen María. «Y desde aquella hora, el discípulla acogió» (Jn 19,27). No en su casa, como dicen algunas traducciones. Eso parecería dar pie a la interpretación de la escena como si lo que le preocupara a Jesús fuera que su madre tuviera un techo, que no se quedara sola. No. «La acogió como algo propio» (ta idia) y la introdujo en el horizonte de sus intereses, de sus amores. Por eso, «no se puede ser cristiano sin ser mariano». Esto no es un verso bonito, es una realidad que han proclamado los Papas.

Ahora bien, ni siquiera los santos han vivido de igual manera la dimensión mariana de su existencia. En san Ignacio de Loyola —a quien tanto quiero—, la Virgen María aparece y le acompañará prácticamente durante toda la peregrinación de su vida. Toda su Autobiografía está jalonada de presencias y matices diversos. Siendo Ignacio un autor mariano, no lo es al modo de san Alfonso María de Ligorio, por ejemplo, o san Luis María Grignion de Montfort o san Maximiliano Mª Kolbe, santos marianos por excelencia, en cuyos escritos se desborda la presencia de María.

Puedes adquirir aquí el libro sobre Balduino escrito por el cardenal Suenens.

En el Rey Balduino la presencia de la Virgen tiene mucho que ver con Veronique O’Brien. Aquella mujer irlandesa fue consejera y guía espiritual del Rey desde muy pronto. Precisamente el Cardenal Suenens dedica su segundo volumen de memorias (Les imprévus de Dieu a la vida de esa mujer, hoy en proceso de beatificación. Ella, de la Legión de María, introdujo al Rey en la lectura de las dos grandes obras marianas de san Luis Mª Grignon de Monfort. Su espiritualidad mariana bebió en El tratado del Verdadera Devoción y en El Secreto de María.

»Estoy segura —le escribe Veronique al Rey— de que cuando hayáis meditado y ora­do esas páginas santas (se refiere a san Grignon), elegiréis a María como Reina vuestra y la aceptaréis como vuestra Madre, aún más que en el pasado. Después de ello, dejaos guiar e inspi­rar por su tierno amor que envuelve todos los detalles de la vida.

»María está mucho más interesada por vuestro futuro que lo que vos mismo podéis estarlo. Ella asume todo el control de los pasos que os llevarán al encuentro de la mujer con la que amaréis y serviréis mejor al Señor.

»Es posible que Ella desee mostraros todo esto más claramente en el clima de oración de un retiro. Quién sabe, quizás sea para haceros esta sugerencia para lo que Ella me ha enviado hasta vos. Pues, sin duda, es Ella quien ha querido y programado este encuentro. Ella es quien os ha concedido la gracia de recibirme y acoger­me con tanta amabilidad y humildad. Y a mí Ella me ha dado la gracia de hablaros con tanto valor y audacia (p. 25).

El cardenal Suenens recoge una simpática anécdota mariana de la reina Fabiola:

«I knew our Blessed Lady was a Queen and a Mother, and all sort of other things, but I never knew that she was a Matchmaker Yo sabía que nuestra Señora era Reina y Madre y tenía todo otro tipo de atribu­tos, pero yo no sabía que también era celestina [así he traducido yo aunque también podría decirse «organizadora de matrimonios», como he visto en alguna publicación] (p. 44).

Balduino y Fabiola estuvieron unidos por la profunda fe que profesaban.

La relación del Rey Balduino con la Virgen es íntima, tierna, infantil pero no infantiloide. En realidad, ella está siempre presente. Termina sus escritos mentándola (In Ea), la llama Mamá (¿hay intimidad humana más tierna?).

«Dulce Madre mía, me gusta llamarte Mamá porque lo eres y porque no tengo otra. ¡Aliméntame, fórmame, edú­came, enséñame todo! Te lo suplico y te lo agradezco» (p. 88).

Los encuentros iniciales con Fabiola en Lourdes son profundamente marianos:

«Los dos contábamos con la ayuda de Nuestra Señora de Lourdes para que, antes del final de la estancia, fijada para el día 10, pudiéramos decirnos un sí el uno al otro» (p. 40).

«Estaba cada vez más convencido de que Ávila (es como convinieron en llamar a Fabiola) había sido elegida, desde siempre, por la Santísima Virgen para ser mi mujer, y por ello le estaba sumamente agrade­cido a Ella, y a su querido instrumento, Verónica» (p. 40).

«Madre mía, mi tierna Madre, perdóname por no te­ner un lenguaje viril: necesito tu calor, tu protección y tu apoyo. Me siento muy débil ante la vida de todos los días. Ven en mi ayuda, tómame en tus brazos materna­les. Hazme vivir ‘in Ea’, ‘en ti, María’» (p. 82)

La Virgen es acicate y estímulo para vivir en gracia, recurriendo a ella en las dificultades y en las cruces:

«Enséñame, Mamá, a aceptar y a amar mi debilidad, a asu­mirme totalmente. María, Madre mía, ya sabes que, a pesar de mis buenos deseos, no soy capaz de vivir conscientemen­te en ti. Te ruego me concedas esta gracia, que es la clave de todo. Líbrame del pecado y de ser obstrucción a la gracia» (p. 83)

«Mi dulce Reina, te suplico que me enseñes a llevar la cruz que recibo del amor del Padre» (p. 83).

El amor a María y el amor a Fabiola se entrelazan en muchos de sus escritos.

En vistas a declararse a Fabiola anota el Rey:

»Pido a Nuestra Señora que me deje sentir cuándo debo declararme, pues estoy decidido a no precipitar el momento, para disfrutar de unas horas más de gran intimidad (p. 40).

»La amo cada vez más. Lo que más me gusta de ella es su humildad, su con­fianza en la Santísima Virgen y su transparencia. Gracias por habérmela puesto en el camino. Sé que para mí será siempre un gran estímulo para amar a Dios cada día más (p. 41).

El «Sí» de Fabiola viene de la mano de la Virgen:

»Era demasiado bonito; tenía ganas de llorar de alegría y gratitud a nuestra Mamá del cielo, que había hecho un nuevo milagro, y a Ávila, que se había dejado guiar dócil­mente por la mano de Nuestra Señora de Lourdes. Eran, me parece, las dos de la tarde.

San Juan evangelista enmarcó horariamente en su evangelio la hora de su primer encuentro con Jesucristo: «Era la hora décima». Aquí el Rey, no olvida la hora del sí de Fabiola: eran las dos de la tarde.

«María, enséñame qué tengo que hacer para que no falte una ocasión en que te ame, para negarme a mí mis­mo por ti, para vivir intensamente el momento presente, como si fuera el último de mi vida, para amar infinita­mente mejor a mi querida Fabiola. Sí, Madre mía, ensé­ñame a amarla con ternura, delicadeza, atención, respe­to, teniendo confianza en ella…» (p. 47).

Los textos de amor delicado, de agradecimiento por el don inmerecido, de sorpresa constante por la finura humana y espiritual de Fabiola se hacen presentes en múltiples textos a lo largo de su vida:

«¿Por qué, Señor, has removido cielo y tierra para darme esta perla preciosa que es mi Fabiola?».

«Tiene una manera de estar con todas las personas que es ideal, tan atenta, tan disponible, que entiendo que se la adore. Gracias, Señor» (p. 46).

«Colma a Fabiola de tu santidad. Que viva de tu gozo y de tu paz. Enséñame a amarla con tu ternura. Haz que tenga de sí misma una imagen más positiva. Haz que se sepa amada por Ti con un amor de predilección. Gracias por haberme dado este tesoro. Aumenta en mí hacia ella el Amor que viene de Ti» (p. 47).

«Fabiola es adorable conmigo y me mima enorme­mente. Está llena de felicidad. Gracias, Dios mío» (p. 47)

«Gracias por el amor de Fabiola, maravillosamente fuerte y tierno a la vez. Ayúdame a estar alegre con Tu alegría y a amar con Tu amor» (p. 47)

«Enséñame también a amar a Fabiola alentándola y aceptando su ritmo, que no es el mío, su manera de pensar y de organizarse que le son propias. Enséñame también a respetar su personalidad con todas sus dife­rencias y sus contradicciones. Jesús, gracias por haber­me dado este maravilloso tesoro» (p. 48).

«El año pasado el Rey vino a vernos a cinco chicas.—relata una prostituta de un barrio de Amberes—. El Rey me cogió el brazo y me escuchó. Sólo él nos escuchaba… Nos defendió, Era un verdadero Rey. Ahora lloramos otra vez: hemos perdido a nuestro amigo» (p. 107).

«Soy rey para amar a mi país, para orar por mi país, para sufrir por mi país», le confesó un día a un amigo. No aceptó regalo personal por sus XXV años de reinado y en cambio erigió una Fundación para las necesidades de los belgas: pobres, ancianos, marginados, inmigrantes, deficientes. Hoy la «Fundación Rey Balduino» es una de las más importantes de Europa.

Los niños ocuparon un lugar especial en el corazón de Balduino y Fabiola. Sin esconder el dolor por no haber tenido descendencia, un día confesó a un grupo de 750 niños invitados a Laeken:

«Nos hemos preguntado por el sentido de este su­frimiento: poco a poco hemos ido comprendiendo que nuestro corazón era más libre para amar a todos los ni­ños, absolutamente a todos».

Su visión de deberse a todos implicó, también el ámbito de la Iglesia católica, no identificarse con ninguna asociación o movimiento. Esto no quita que tuviera simpatías y contactos por ejemplo, con las Hermanas de Belén, los Focolares de Chiara Lubich, la Renovación Carismática… Incluso no asistió a la Misa que el Cardenal Suenes celebro para peregrinos de la Renovación Carismática en el Vaticano, en el Año Santo de 1975, para no ser identificado con un «movimiento».

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