miércoles, 21 de agosto de 2019

María y la Iglesia

María tiene una función subordinada a la de su Hijo Jesucristo, único mediador entre Dios y los Hombres (cf.1Tm 2,5-6). Es nuestra madre en el orden de la gracia, cooperadora de la misión salvífica de Cristo, desde el momento de la Anunciación hasta su Asunción a los cielos. No dejade interceder por los hombres y por ello la invocamos con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora. Intercesión que en lugar de impedir la unión de los creyentes con Cristo, lo que hace es que la fomenta.

San Ambrosio nos enseña que María es el tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad, y de la unión perfecta con Cristo. Y así la misma Iglesia es llamada madre y virgen; madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad que por la predicación y el bautismo, engendra vida nueva e inmortal a los Hijos de Dios. Y es virgen, porque guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo y a imitación de la Santísima Virgen, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera.

Los fieles ven en la Virgen María un modelo de virtudes para contemplar e imitar, por eso la Iglesia en su labor apostólica, se fija con razón en Ella, para que se la imite con amor maternal en nuestra relación hacia todos los hombres (cf. Const. Dog. Lumen Gentium capítulo VIII, III).

El Concilio Vaticano II, nos presenta a María como la Madre de Cristo que está unido de modo particular a la Iglesia, que el Señor constituyó como su cuerpo. El texto conciliar acerca esta verdad de la Iglesia como cuerpo de Cristo (según las enseñanzas de las cartas paulinas) a la verdad de que el Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo nació de María Virgen. La realidad de la Encarnación encuentra casi su prolongación en el misterio de la Iglesia-cuerpo místico de Cristo. Y no puede pensarse en la realidad de la Encarnación sin hacer referencia a María, la Madre del Verbo encarnado.

El Beato Juan Pablo II en la encíclica referenciada hace hincapié en el doble vínculo que une la Madre de Dios a Cristo y a la Iglesia y que adquiere un significado histórico. No se trata de fijarse sólo en la historia personal de María, en su personal camino de fe, sino además de la historia de todo el Pueblo de Dios, de todos los que toman parte en la misma peregrinación de la fe. Todo esto se realiza en un gran proceso histórico, en un camino, la historia de los hombres, la historia de las almas. Y en el momento actual, decía el Santo Padre, la bienaventurada Virgen María sigue precediendo al Pueblo de Dios. Su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la Iglesia y para toda la humanidad. La Virgen María ya ha superado el umbral entre la fe y la visión cara a cara de Dios, pues ya esta coronada y glorificada en los cielos. Pero al mismo tiempo, no deja de ser la estrella del mar ( Maris Stella) para todos los que aún siguen el camino de la fe.

Al final de la cotidiana liturgia de las horas (especialmente en Adviento) se eleva esta invocación de la Iglesia a María:

“Salve, Madre soberana del Redentor, puerta del cielo siempre abierta, estrella del mar;
socorre al pueblo que sucumbe y lucha por levantarse,
tú que por asombro de la naturaleza has dado el ser humano a tu Creador”
Esta invocación dirigida a María es la invocación a su Hijo, que por medio de Ella ha entrado en la historia de la humanidad. Año tras año en esta antífona se eleva a María, evocando el momento (la Encarnación del Verbo) en el que se ha realizado este esencial cambio histórico: el cambio entre “el caer” y “el levantarse”, entre la muerte y la vida. Cambio que se puede definir original y que acompaña al hombre a través de los diversos acontecimiento históricos.

La Iglesia ve a María maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de la humanidad y la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que no caiga y si cae, se levante de nuevo (cf. Encíclica Redemptoris Mater, Juan Pablo II).La Vida de María no terminó el Viernes Santo, ni tampoco en la mañana de Pascua. Desde el momento que Jesús dice al discípulo amado: “He ahí a tu madre” Y a Ella: “ He ahí a tu Hijo”, le sobreviene la tarea de ser miembro activo de la Iglesia naciente. María en su relación con la Iglesia fue hija, madre y maestra. Su mayor orgullo fue ser miembro de la Iglesia; en ningún momento de su vida terrenal se mostró como miembro superior, muy al contrario, desde su inicio aceptó la jerarquía de la Iglesia, las debilidades humanas, la plena integración en su incipiente estructura, el continuo aprendizaje de los apóstoles y discípulos, la participación en la Eucaristía, con enorme humildad, y desde su aceptación como Madre de la Iglesia, pues su Hijo es la cabeza de la misma, luchó por la unión de sus miembros y sigue intercediendo por un verdadero ecumenismo fuera y dentro de la Iglesia Católica.

El magisterio de la Virgen (Maestra) comenzó en las bodas de Cana, cuando dijo a los novios “Haced lo que Él os diga” Y desde entonces es lo que ha venido repitiendo en sus múltiples apariciones a lo largo de la historia. Ella siempre nos exhorta a la conversión, a poner a Cristo en el primer lugar de nuestras vidas. Esa es su enseñanza, que no solo predica sino que es la primera en poner en práctica . El magisterio de María nos remite al verdadero magisterio de la Iglesia, recogido en el Catecismo, síntesis de toda la doctrina católica.

Después de Pentecostés e iluminados por la verdad del Espíritu Santo, María participaría de las Eucaristías con los apóstoles, con la verdadera convicción que en el pan y el vino consagrados se encuentra uno, con Dios mismo. La Eucaristía no es un concepto ni un alimentos, es una PERSONA: CRISTO, el Hijo de Dios Vivo, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Es importante aprender a tratar la Eucaristía como lo que verdaderamente ES, como hizo María: comulgar para Ella no era solo fortalecerse interiormente sino era también darle a Jesús, la alegría de estar con Él, por eso en cada comunión eucarística hay una doble comunión: la tuya con Cristo y la de Cristo contigo. Pero la comunión eucarística debe estar precedida por dos comuniones previas, como hizo María, la comunión en la fe y la comunión en el amor. La primera es que se acepta a la Iglesia en su integridad, incluidas las normas éticas que de la fe se desprenden y, que con sabiduría los Santos Padres y los obispos nos enseñan, para la felicidad del hombre; y la segunda es la comunión en el amor, estar en gracia de Dios, si pecado mortal . Comunión de fe y comunión de amor, dos condiciones previas para la Eucaristía, que María practicó siempre.

Sabemos que María no se confesó nuca pues nunca tuvo pecado que confesar, pues Ella era la Inmaculada, pero para poder imitarla debemos frecuentar el sacramento de la penitencia, par reestablecer nuestra amistad con Dios.

Podemos imitar a María en su relación con la Iglesia, trabajando por su unidad, practicando la verdadera caridad con el prójimo, obedeciendo a nuestros pastores, ofreciendo el buen ejemplo de nuestro actuar, aceptando el Magisterio de la Iglesia, respondiendo a sus necesidades materiales y espirituales, sintiéndonos miembros activos (y no pasivos), formando la Iglesia de Cristo, su Cuerpo Místico.

(Cf. Martín Santiago, María Camino de Perfección, Ed. Martínez Roca, 2001 Premio Espiritualidad)