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La Virgen inspiró a la Madre María Paola Muzzeddu una congregación por la pureza: su gran arma, el Rosario, completo cada día

La Madre María Paola Muzzeddu, en el centro, rodeada de sus religiosas.

El Papa Francisco reconoció en junio las virtudes heroicas de Maria Paola Muzzeddu (1913-1971), religiosa sarda que fundó la Congregación de las Hijas de la Mater Purissima por inspiración directa de la Virgen para recordar al mundo la virtud de la pureza. En su diario espiritual describe sus luchas contra Satanás, que intentó en vano desanimarla y disuadirla de la oración. Lo cuenta Ermes Dovico en La Nuova Bussola Quotidiana:

La venerable que hacía temblar al diablo (rezando)

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). En esta bienaventuranza se puede encontrar el hilo conductor de la vida de Maria Paola Muzzeddu (1913-1971), una religiosa sarda que subió al cielo el 12 de agosto de 1971, y que precisamente en el siglo XX, en los años en que más se atacaba la pureza, objeto incluso de burlas, fundó, inspirada por la Santísima Virgen, la Congregación de las Hijas de la Mater Purissima. El pasado 11 de junio, el papa Francisco autorizó a la Congregación para la Causa de los Santos a promulgar el decreto que reconoce las virtudes heroicas de esta Sierva de Dios, que se ha convertido en Venerable.

Maria Paola, familiarmente conocida como «Pauledda», cuarta de once hijos, nació en Aggius, un pequeño municipio de la Gallura, el 26 de febrero de 1913. Siguiendo el ejemplo de su madre, humilde y paciente, aprendió a sacrificarse y creció en la obediencia a sus padres, madurando un espíritu de penitencia y de oración que la llevaría a recitar hasta siete rosarios al día, de 15 misterios cada uno. Gracias a la oración constante, en medio de los trabajos diarios, no le faltaron las gracias espirituales: «¡Sentía la presencia de Dios como una persona que habla!», escribió. Cuando tenía 24 años se trasladó a Sassari, donde aprendió corte y confección. En plena guerra mundial, los bombardeos la obligaron a volver a un barrio de su pueblo natal. En otoño de 1943 se retiró a vivir, junto a Maria Lepori, a la casa de algunos familiares de esta querida amiga, que se convirtió también en la primera de sus religiosas.

En un contexto ideal para el recogimiento en Dios, que le había hecho comprender que quería una nueva comunidad religiosa, el 23 de diciembre de ese año Paola tuvo una clara señal del Cielo. Inmersa en la oración, mientras se preguntaba qué hábito podrían llevar ella y las futuras hermanas, oyó una voz que le decía: «Paola, vístete como yo». Era la Santísima Virgen María. «Me dejó una gran luz y comprendí: vestido celeste y cordón blanco en la cintura. La Virgen estaba vestida como la Virgen del Rosario […]. Cuando se fue sentí un viento que me elevaba y que luego me caía…».

Otro día, de nuevo con el viento acompañando el paso de la Virgen, la Madre celestial se manifestó a Paola con otra petición concreta: «¡Invócame como Mater Purissima!» La Virgen también le explicó las características que debía tener su estatua, que tenía que colocar en lo que se iba a convertir en la casa de la comunidad que estaba naciendo. Debían predominar, de nuevo, el celeste y el blanco, con estos otros rasgos descritos por la religiosa: «Los ojos inclinados sobre las almas, en una mano un ramo de lirios apoyado en el pecho y en la otra un rosario blanco, como haciendo un gesto que quiere decir: ‘Venid a mí todos, necesitados de pureza'».

Hasta que la nueva compañía de religiosas se convirtió en realidad pasaron algunos años desde esas primeras inspiraciones. Llegamos así al 1947, cuando Paola, a la espera de que se le concediera una casa donde empezar la vida en común, tuvo una de sus luchas con Satanás, anotadas en su diario espiritual. «Mientras rezaba oí una voz que me decía: ‘¿Para qué rezas? Total, no te van a dar la casa’. Quería la casa; entonces, un poco desanimada sentí que cedía, pero respondí: ‘Aunque no me la den, necesito rezar de todas formas’. La voz, más débil, dijo: ‘¿Y hasta cuándo rezarás?’. ‘Hasta que lo consiga’, respondí…. Se fue temblando. Pensé que era el demonio, que quería desanimarme diciendo mentiras, porque enseguida nos dieron la casa».

En otra entrada de su diario: «Hay que rezar y confiar en el Señor», sin prestar atención a las tentaciones del demonio, el cual «sabe que si rezamos obtenemos las gracias y él es derrotado«. Otras veces el demonio se le aparecía con forma de animales horribles.
Por fin, tras haber perseverado en la oración, el domingo 5 de octubre de 1947, fiesta de la Virgen del Rosario, se pudo dar inicio a la vida común en Sassari. Al cabo de poco más de un año, el 8 de diciembre de 1948, Paola y otras cuatro hermanas se vistieron con los hábitos bendecidos por el arzobispo Arcangelo Mazzotti. Las nuevas religiosas, debido a su hábito, fueron pronto llamadas «las Celestes«, y la comunidad se difundió, arraigando en otros lugares de Cerdeña.

Religiosas de la congregación fundada por Madre Paola, en una misa en Cerdeña en 2013, en el día del centenario de su nacimiento. Imagen: La Nuova Sardegna.

Así describía la Madre Paola los rasgos fundamentales de la espiritualidad de sus religiosas: «Deberán estar formadas sobre todo al espíritu de la pureza, la humildad y la caridad perfectas. Pasarán las jornadas entre la oración y el trabajo. Recitarán el rosario completo (15 misterios) por la mañana en la capilla, de rodillas, y durante el día, trabajando, recitarán los que quieran… porque el deseo de la Virgen es estar en oración continua, porque si todos hubieran rezado no habría en el mundo tantos pecados, para redimir y pedir la gracia, que no se concede al mundo porque no se reza lo suficiente […]. Llevarán el rosario siempre en la mano, como arma contra el demonio«.

Un camino de amor por el sendero de la pureza evangélica: así se subtitula esta obra, en donde puede leerse más sobre la Venerable María Paola Muzzeddu.

En el día de la Inmaculada, el 8 de diciembre de 1968, cuando se cumplían veinte años exactos de la solemne toma de hábito, la Madre Paola decidió ofrecerse a Dios como víctima para la santificación de los sacerdotes y la conversión de los pecadores, constatando cuántas almas estaban lejos -eran los años de la contestación estudiantil y la revolución sexual- de ocuparse de los bienes eternos. «Fuera he visto a tanta gente yendo y viniendo, ocupada… pero nadie pensaba en Dios, ¡qué desolación! Y entonces yo repetía: ‘¡Ave Maria!'». En los siguientes dos-tres años, los últimos de su vida terrenal, que se concluyó en Aggius, su pueblo natal, el 12 de agosto de 1971, la actual Venerable unió sus dolores a los de Cristo crucificado. Que un día le dijo: «Paola, ¡te ha asociado a la Redención!».

Traducido por Elena Faccia Serrano.

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