Icono del sitio Fundación Cari Filii

Cuatro bellas historias de presencia de María en los hogares se alzaron con los Premios Cari Filii 2018

Una escena del vídeo ganador de los Premios Cari Filii 2018.

Los cuatro ganadores de los Premios Cari Filii 2018 presentaron a concurso sendos trabajos, uno audiovisual y tres escritos, donde la presencia de la Virgen María en su historia familiar y en su vida cotidiana queda plasmada con ternura y belleza. Los reproducimos a continuación.

PREMIO AUDIOVISUAL

MERCEDES GIL MIR

«LA REINA DE MI HOGAR»

«La Reina de mi hogar», vídeo ganador de los Premios Cari Filii 2018

 

PRIMER PREMIO ARTÍCULOS

IGNACIO ROMÁN MÉNDEZ SANZ

«NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO, MADRE Y CAMINO SEGURO A JESÚS»

Nací en Ceuta en 1962, segundo de tres hermanos, fui bautizado y pasado bajo el manto de la Virgen de África. Me educaron en el seno de una familia católica de buenos principios, pero mi juventud fue poco religiosa. Al haber vivido en una ciudad muy castrense y siendo mi padre militar de profesión, me gustaba la milicia e ingresé en la Academia Militar de Zaragoza (1981).

Hasta entonces, no era sino un cristiano muy mediocre, con una fe intermitente. En las salidas por Zaragoza (de uniforme entonces) era costumbre de los cadetes pasar a saludar y ponerle velas a la Virgen del Pilar, lo cual sí que me gustaba, pero más por seguir la costumbre que por una auténtica espiritualidad (1981-1986). No andaba por caminos de santidad, el impulso de la juventud se desmanda fácilmente.

Entonces, ¿cómo es que la Virgen María reina en mi vida? Hay una bonita canción a Nuestra Señora que dice: “Una madre nunca se cansa de esperar”. Además, las madres, cuando ven a sus hijos camino de cualquier peligro, corren detrás de su pequeño antes de que les ocurra algo malo, pero a veces el Señor permite caídas y golpes…

Algo iba a cambiar de forma radical y traumática mi situación vital.

Pasó que, en el último curso de la Academia Militar de Zaragoza, me surgió un problema en la espalda que hizo que me trasladasen de Zaragoza al Hospital Militar Gómez Ulla, en Madrid, ya que mi caso se presentaba complicado.

Durante unos tres años largos caí en manos de la ciencia médica, con infinidad de pruebas, intervenciones, tratamientos y diversas fases de rehabilitación, dada la singularidad de mi atípico caso, a lo largo de los cuales, viéndome postrado en la cama, impotente ante las circunstancias, con largas etapas de hospitalización, me preguntaba una y otra vez el sentido de semejante situación (¿por qué a mí y para qué?, se repetía en mi mente).

Me llegó un día una visita, de las frecuentes que recibía, con unos libros y mensajes de la Virgen (de unas posibles apariciones), y ya que no tenía mucho que hacer, obligado a cama, me interesé por el tema y, sin saber muy bien por qué, comencé a rezar el Rosario a Nuestra Señora. Lógicamente, lo que pedía –junto a mis padres y familiares, que también empezaron a orar conmigo– era por mi salud y poder hacer vida normal. Recurrí especialmente a la Virgen, y peregriné a diversos santuarios: Lourdes, Fátima, el Pilar, Garabandal, Umbe, Henar, Guadalupe, Cubillo (Ávila), Olvido (Guadalajara), etc.

En el total de cinco intervenciones en mi espalda tuvieron que hacerme una auténtica arquitectura de columna, para reemplazar una vértebra lumbar que fue desapareciendo –“comida” por un tumor muy agresivo y recurrente–. Me pusieron un injerto de mi propio peroné, además de un implante de tallos de titanio. El equipo médico de traumatólogos consideró que era procedente llevar el tema a oncología, pues había que hacer algo más, ya que, aunque limpiasen, se reproducía una y otra vez el quiste…

Tras consultar a los mejores especialistas, se decidió tratar mi caso como si fuera cáncer –aunque era benigno–, de modo que pasé buena parte de 1989 a base de quimioterapia, alternando ingresos en el hospital (de 2-3 días) con estancias cortas en mi domicilio, con un total de ocho ciclos.

Ya por entonces se me aconsejó dejar la vida militar y pedir la Reserva, dado que no iba a poder ejercer mi vocación con tal cúmulo de hándicaps físicos. Independientemente de la frustración, cansancio físico y psicológico, y el propio malestar causado por la medicación, continué agarrado a la fe y perseveré con el rezo del Rosario, esperando que me escucharan “Arriba” y pudiera acabar mi particular calvario.

Finalmente (año 1993) se me dio el alta total tras sucesivas revisiones y consultas médicas con sus pertinentes pruebas. Desde esa fecha hasta hoy no ha vuelto a reproducirse el tumor, que quedó técnicamente “inerte”.

Así pues, en adelante pude empezar a llevar una vida más normal… Con el corsé, con muletas, con bastón y, un tiempo después… sin nada (solo natación para rehabilitarme). Hice nuevas amistades para salir, aunque no eran los amigos de mi primera juventud (que mantengo).

Habiendo leído hasta aquí cualquiera podría preguntar… “¿Y adónde fueron tus oraciones, tus peregrinaciones y tus Rosarios, que no te han salvado ni ahorrado ningún sufrimiento? Todo ha sido gracias a la medicina y por la ciencia…”

Entonces yo respondo: “¿Y cómo es posible perder los mejores años de la juventud entre hospitales y tremendos tratamientos, tener que dejar por obligación tu vocación militar, quedarte con un cuerpo limitado –discapacidad permanente del 33%–, ver como tus amigos se van casando y no salen contigo, haber pasado de ser “el sibarita” a un tullido de por vida y, sin embargo, tener una gran paz, querer ayudar a que los alejados encuentren la fe en Dios y desear promover el Rosario?” No es de lógica, sólo es entendible por la gracia de Dios, con la intercesión maternal de la Virgen. Humanamente es para estar amargado, rabioso y rebelarse, claro.

Es más, en ese período (1990-1995) me dediqué con toda mi ilusión y entusiasmo a diversas actividades de apostolado: dibujé un Cuadro de la Virgen (cuya imagen anexo), e hice imprimir estampas de diversa temática cristiana, que iba distribuyendo.

Por esa época conocí a un estupendo sacerdote Dominico, el padre Carlos Lledó López, ahora jubilado, que me acogió en la Cofradía del Rosario, integrándome como seglar en este Movimiento de la Orden de Predicadores, donde pude encauzar de forma organizada (y no por libre) mi impulso de divulgar y promover el Santo Rosario. Desde entonces, en diferentes cargos, pertenezco activamente a dicha Cofradía.

En torno al año 1992 quise formar un Grupo de Oración para jóvenes, y lo publicité por diversos cauces… No parecía que fuera a cuajar, pues no llamaban…; no obstante, una tía mía lo comentó en su trabajo a una joven compañera y conseguí que empezara a venir. Rezábamos el Rosario los dos (casi siempre solos, salvo excepciones).

Lo que iba a ser un grupo juvenil de oración, pasó a ser un noviazgo marcadamente mariano, que consistió en una relación basada en la alegría de estar juntos y en la oración, rezábamos el Rosario cada tarde en la Parroquia de la Virgen Peregrina, y oíamos Misa a continuación. No sólo no mantuvimos relaciones prematrimoniales, sino que fue un noviazgo impecablemente casto, impensable e imposible sin la gracia de Dios.

Esa joven, de nombre Candelaria, es ahora mi mujer, y madre de nuestros cinco hijos (de 21 años el único varón, de 19 Rosario -nombre en honor a la Virgen, convenido antes de casarnos-, dos mellizas de 16 y la pequeña de 10).

Nuestros hijos recibieron los sacramentos de iniciación cristiana, han crecido viendo y viviendo nuestra devoción mariana, y rezamos con ellos desde pequeños. Cuando vamos de viaje todos hacemos la oración al inicio del trayecto para encomendarnos y, mi esposa y yo, solemos rezar juntos el Rosario durante el recorrido y, a veces, hacemos algún Misterio en familia.

Un Sagrado Corazón está entronizado en el salón de nuestra casa y hay imágenes religiosas por las habitaciones, como fotos de familia. En la nevera hay un imán que mandé hacer -tamaño A3-, con la imagen de la Virgen de Fátima y un letrero: Rezamos el Rosario en familia.

Un hecho reseñable nos sucedió a toda la familia en el verano de 2011 (íbamos de regreso a Madrid, a participar en la JMJ de ese año). Volviendo por la AP-7 sentido Málaga, a la altura de Marbella, me quedé dormido al volante del coche con los siete dentro, el vehículo acabó haciendo un trompo, y, en plena autopista, giró 180 grados, quedando pegado a los bloques de hormigón de la mediana, con el morro en sentido contrario en el carril rápido…, pero ninguno sufrimos lesiones. El coche quedó para reparar y, al quedar mirando del revés, se podía leer a unos 200 metros un cartel bien grande y blanco que ponía: Urbanización El Rosario. Para algunos será casualidad, para mí quedaba claro que la Virgen del Rosario nos protegió (como hace siempre) de males mayores. Lo vi como una señal evidente de la Providencia. Y siento que me interpela: “Reza el Rosario y hazlo rezar”.

Tras estos 25 años de amor y devoción a la Virgen, sigo rezando el Rosario con fervor cada día (aparte de frecuentar los sacramentos, como mi familia), y estoy convencido desde la fe, que ella está junto a quien la invoca derramando sus bendiciones. Nuestra Señora está en nuestro hogar, aunque muchas veces no nos comportemos como buenos hijos. Pero ella sigue intercediendo, porque una Madre nunca se cansa de esperar…, quiere acercarnos más a Jesús y vernos crecer en santidad, para que un día pueda llevarnos al Cielo. – Ignacio Román Méndez Sanz

 

SEGUNDO PREMIO ARTÍCULOS

JUAN MARÍA SÁNCHEZ PÉREZ

«SANTIDAD DE MADERA»

“Tiene madera de santo”, solemos oír. Y es un tremendo error, porque los santos no son de madera. Son de carne y hueso porque son personas. Y digo “son” porque están vivos, en una Vida mejor que la nuestra en grado pleno.

Nosotros somos de carne y hueso, por tanto estamos llamados a ser santos, la inmensa mayoría de nosotros en una vida corriente y normal. Que debería ser sobre todo una vida vivida en familia, en el hogar, una vida familiar.

¿Y cuál es la viga maestra de la vida familiar, la clave de la felicidad en el hogar? La madre. La madre es el centro de la familia, el amor maternal es su motor; y debería serlo de la sociedad. Por eso ese empeño de Satanás en destruir la maternidad y la madre. Destruida la madre, destruida la humanidad: divorcio, feminismo, matrimonio gay, vientres de alquiler, búsqueda de éxito en la vida laboral, pero sobre todo, sobre todísimo, el aborto; sólo buscan destruir la maternidad en general y a todas y cada una de las madres en particular.

Nada hay más grande en toda la historia de la humanidad que ser madre. Haber llevado una vida nueve meses y sufrir lo insufrible en el parto para regalarle la existencia. Eso es amor.

¿Y cuál debería ser para todos el modelo de familia? La sagrada familia de Nazaret; y por tanto el modelo de madre debería ser la virgen María.

¿Cómo nos imaginamos la vida de María? De niña, de joven, de mayor, de anciana: antes y después de ser madre, antes y después de casarse con San José.

Nos imaginamos una niña juguetona y traviesa a la vez que piadosa, aprendiendo de los labios de Santa Ana las mismas oraciones que enseñaría a Jesús. La vemos abrazada entre los poderosos brazos de San Joaquín para luego tener abrazado a Jesús.

La vemos alta y guapa, ayudando en casa haciendo los recados en la calle, mientras San José se hace el encontradizo y Ella le da largas.

Y la vemos perturbada, que no asustada, después del anuncio del Ángel y su Sí a la Encarnación de Jesús. ¿Entendía lo que pasaba? No lo sabemos, pero está segura de que es la voluntad de Dios la que la guía.

La vemos rauda y diligente y ¡embarazada! camino del hogar de su prima Isabel para ayudarla en su anciano embarazo y nos imaginamos el grito de alegría de dos primas que se quieren y que se reencuentran después de mucho tiempo sin verse para presumir de tripa.

La vemos el día de su boda leyendo la incredulidad en la mirada de San José, palpamos días y silencios duros al principio del matrimonio precisamente hasta que el Ángel le explica todo al Casto.

¡Duro de cerviz eres, San José, que necesitas al Ángel para creer a tu esposa!

Es verdad, María: nadie te dijo que ser madre de Dios fuera fácil.

Desde entonces todo fue cuesta arriba. En el día a día hasta que Jesús inició su vida pública te imaginamos como madre de familia, como ama de casa entregada al cuidado de Jesús, sabiendo que se preparaba para su misión.

Te imagino cada día levantándote temprano y levantando pronto a Jesús… y a José, porque seguro que tú te ponías en pie la primera.

Rezar a Dios padre con toda la familia y después preparar el desayuno mientras José y Jesús se van al taller que tu limpias con esmero.

Lavar la ropa, preparar la comida, atender a los amigos de Jesús, hacer la compra, manejar la, sin duda, estrecha economía familiar estirando las monedas que José te da.

Todo en ti es muy normal. Humildad, discreción: todo lo haces correctamente, el Evangelio no nos narra milagros tuyos. No se nota tu presencia, se nota tu ausencia. Cuando tú estás todo va bien aunque no lo parezca, cuando no estás algo falta. Porque las cosas importantes son las que no se ven.

Te vemos en el templo de Jerusalén, enfadada sin ira, atendiendo a San José en su última enfermedad, sólo Jesús y tu sabéis lo que pasó, con olfato de ama de casa detectando la preocupación en la mirada de los novios de Caná.

Recorriendo Galilea sin saber claramente cómo acabaría todo, en la Última Cena comulgando por primera vez, aunque ya era la segunda vez que tenías a Jesús dentro de ti.
Y por fin en el Calvario, donde fuiste nombrada Madre de todo el género humano. Ahí, al pie de la Cruz, se cumple lo que cantaste en un momento de júbilo: proclama mi alma la grandeza del Señor, me llamarán bienaventurada todas las generaciones porque el Señor ha visto la humillación de su esclava… Humillada hasta la cruz la mismísima madre de Dios: tú eres corredentora.

La vida de María fue una vida de familia. Ella es por tanto modelo de maternidad.

¿Cómo me las arreglo para que la vida de María se haga presente en mi hogar?

Lo primero, con naturalidad, sin beaterías, considerándola una más, no esperando grandes milagros, sino pidiéndole ayuda en mi caminar cristiano, imaginándome qué haría ella en mis asuntos de cada día.

Lo primero que hago es imitar a San José y por tanto intento tratar a mi mujer como si fuera María, aunque sé que no lo consigo. Me pongo en su piel en la seriedad en el trabajo y en la alegría sincera y serena del hogar, en los momentos de Oración aprendiendo a rezar, no a la Virgen, sino con la Virgen. Esforzándome en los detalles de cariño con mi mujer como él con María.

Lo hago presente fregando los platos y haciendo bien la comida, cambiando a mis hijos y llevándolos al cole, tratando a mi suegra como si fuera Santa Ana.

La vida de santidad es la vida corriente, intentando hacerla perfecta con los ejemplos, sobre todo, de Cristo y su Madre, y después de los Santos.

¿Y qué hito uso, qué industrias humanas, qué norma de piedad mariana uso para no olvidar a María a lo largo del día?

Para mí, la oración mariana más importante es el rezo del Santo Rosario que intento rezar en familia siempre que podemos (recuerdo especialmente los que rezamos con mi mujer embarazada).

Es decir, contemplar la vida de Jesucristo con la mirada de la Virgen. Además, Ella misma ha dicho en Fátima que es la oración que más le gusta: hay que detenerse especialmente en las letanías, ese chorro de piropos a la Virgen que salen del corazón.

El Ángelus, ese partir en dos el día, acompañando espiritualmente al Papa, recordando el momento en el que Dios entra en la Historia.

El ofrecimiento de obras por la mañana. Oh Señora mía, Oh Madre mía, para que la castidad, sobre todo en la mirada, cubra la jornada, rezar las tres avemarías antes de acostarse…

Poner una imagen de la Virgen en cada habitación de la casa y saludarla al entrar con la mirada… ¡Lo que reconforta llegar a casa por la noche, abrir la puerta y encontrar a la Virgen esperándote!

De la misma manera, le hemos puesto María como segundo nombre a mis dos hijos mayores: Juan Pablo María y África Micaela María.

También mi segundo nombre es María. Yo siempre me he sentido cogido de Su mano, siempre, en lo bueno y en lo malo. Por eso siempre digo que me llamen con el nombre entero.

Pero creo que el mayor detalle de amor a la Virgen que hemos tenido en casa ha sido ponerle a mi hija pequeña Miriam, su nombre en hebreo, para que ella lo escuche en mi casa de la misma manera que ella lo escuchaba en la suya. Así, la invocamos cada vez que llamamos a mi pequeña.

Ella no nos ha hecho grandes milagros, de la misma manera que el Evangelio no relata ninguno suyo. Sencillamente está, está presente en cada momento sosteniendo la vida familiar y la de mi mujer. Al igual que ella, intentamos ser discretos, guardándolo todo en nuestro corazón.

Porque, insisto, las cosas importantes, son las que no se ven. – Juan María Sánchez Pérez

 

TERCER PREMIO ARTÍCULOS

IVETTE M. RIVERA

«MARÍA, REINA DE LAS FAMILIAS, ESTÁ SIEMPRE CON NOSOTROS»

Nunca olvidaré esos momentos de tranquila conversación con mi mamá casi al final de mi adolescencia. Siendo la menor de diez hermanos, y una vez partieron todos a sus respectivas vidas, fue que una madre humilde, silenciosa y trabajadora, pudo al fin vaciar el interior de su corazón a su hija más pequeña. El que ha vivido en una familia numerosa sabe a qué me refiero. Creo que mi inmadurez, sumado al ajetreo constante de una casa llena de alboroto y algarabía juvenil, fueron motivos justificados para el aplazo. Antes de esto, me hablaba, sí, pero a través de su ejemplo, dedicación, cansancio, trabajo y, sobre todo, oración. Solía decirme que había que estar agradecidos a Dios por el Don de la Fe y a España, el instrumento. De hecho, su abuela paterna era española. Su padre, del que me hablaba con el más sublime respeto y admiración, y al que nunca pude conocer tras fallecer antes de mi nacimiento, supo transmitir junto a su fiel y colaboradora esposa, mi querida abuela, los tesoros de la Fe a todos ellos, una familia de doce hijos.

Mi mamá, Bárbara Rivera Díaz, nació a finales de 1928 en Morovis, Puerto Rico, un pueblito rural del centro de la Isla. Nació en un año terrible para los puertorriqueños; el paso del huracán San Felipe y los comienzos de la gran recesión: por nuestra relación política con Estados Unidos, los efectos en nuestra economía fueron doblemente devastadores. Contaba mi mamá que aunque la vida era difícil para la década de los treinta, no cambiaría por nada su infancia. «Papá hacía…, Papá decía». ¡Cómo recuerdo su cara transfigurada en el deleite de alegres remembranzas! Emocionada y con la mirada extraviada, me decía dulcemente, «¡tanta pureza!, ¡tanto respeto entre mis padres!»…; callaba y volvía a hablar. Fue bien enfática al afirmar que todo esto era posible gracias a la vida de oración en común. La Santa Misa era primordial, se celebraba en latín, y a veces, lamentablemente, no era factible poder acudir. El impedimento consistía, no tan sólo la distancia, sino las veces en que no había celebración por falta de sacerdotes, eran escasos, y casi todos españoles.

«Desde España nos llegó ese amor a la Reina del Cielo», me afirmaba mi mamá. Y bien que sí, nuestra historia está enriquecida por grandes momentos en que la Fe fue puesta a prueba. La oración a la Reina del Santo Rosario que nuestros colonizadores nos transmitieron evitó varias veces que las invasiones de ingleses, franceses y holandeses lograran su cometido. El rezo del Santo Rosario se convirtió para los puertorriqueños en la oración por excelencia; por eso María, Reina de las familias, está siempre con nosotros.

Continuaba mi mamá sus bellos relatos. Me decía que el Rosario vino a ser de gran ayuda, especialmente para catequizar, ya que no era solamente una oración. Para muchos que no sabían leer ni escribir, era el Evangelio mejor conocido y memorizado, apreciado y enseñado. Las preciosas oraciones que adornan el Santo Rosario son oraciones centenarias, transmitidas de generación en generación. Mis abuelos maternos estaban convencidos de que, en momentos de adversidad, la oración del Santo Rosario es poderosa. Por eso, todos los días, a las seis de la mañana, bien tempranito, a la Reina de las familias había que acudir y saludar con esta bella oración. Mi tía, hermana menor de mi mamá, en cierta ocasión me confesó una pequeña travesura infantil. Me contaba que ella era bien perezosa para rezar y que alzaba su pierna y la cubría con una manta para que pensaran que estaba sentada rezando, cuando en realidad seguía acostada durmiendo. Me reí de su travesura y me acordé de las propias. Vino a mi mente aquellos momentos siendo niña, en que le pedía a la Virgen que se me apareciera. Aún recuerdo, de noche, en el patio de la casa varias veces, diciéndole que no había nadie, que podía ya aparecer. Estoy segura que si la Virgen me hubiera complacido, me hubiera desmayado del susto al momento.

Mi mamá continuó en otros momentos compartiendo conmigo su historia de Fe. Yo estaba fascinada; mi mamá, siempre tan reservada, estaba ahí, toda para mí, con el libro del alma completamente abierto. Me contó muchísimas cosas, que antes quizás no las podría comprender. Entre varias anécdotas de aquí y de allá, llegamos a un punto egoísta, YO. Quería saber todo de mí, todo. No me culpen, en una familia numerosa donde eres uno más y muchas veces un cero a la izquierda, se justifica esta ansiedad. Me encantó conocer que Dios me libró de morir desde el vientre de mi madre, cuando un mueble con gavetas le cayó encima, pero un espacio abierto en el mismo quedó exactamente sobre su vientre, protegiéndome. Decía que después de tres varones corridos llegué yo y que les decía a las personas que preguntaban por mí, que para el año que viene ya vendría otro, pero no fue así. Al poco tiempo de yo nacer, mi padre le hizo firmar el acta de divorcio para poder casarse con otra. Mi mamá quedaba sola con diez hijos a los treinta y cinco años. Nunca volvió a casarse, siendo todavía hermosa. Su juramento ante el altar lo respetó siempre. Confiaba plenamente; María, Reina de las Familias, está siempre con nosotros.

Recuerdo las noches donde nos reuníamos los once para rezar el Rosario. Mami hablaba mucho de la Virgen y nos motivaba a quererla. Nos contaba que tenía en el jardín la imagen de la Virgen de la Milagrosa y que en cada dedito de la Virgen nos ponía a cada uno de nosotros, sus diez hijitos. Siempre me pregunté qué dedito era yo, probablemente uno de los dedos pulgares por ser la última. Era allí donde ella acudía a la Reina del Cielo, que como madre, la entendía muy bien y la llenaba de consuelo; y que como esposa purísima del Espíritu Santo, intercedía constantemente para administrarle el Don de Fortaleza, necesario para enfrentarlo todo. La adversidad ejercía en mi madre el mismo efecto que el viento a un árbol de roble, la fortalecía. Su Fe era inquebrantable. Nunca nos permitió desobedecer a nuestro padre ni a juzgarlo. Conocía muy bien el cuarto mandamiento, donde no especifica a quién honrar, bueno o no, honrar siempre. Mi padre, al menos, nunca nos abandonó completamente y estuvo pendiente de nosotros, a su manera. Pero nuevamente, la Fe es puesta a prueba. Cumplía yo mis cinco años y a mi mamá le diagnostican cáncer en la matriz. Tuvo que someterse a tratamiento de radioterapia. Mi mamá me confió que le hizo una plegaria a Dios, rogándole fuertemente, «¡mis hijos me necesitan!». Varios años atrás me enteré por una de mis tías que los médicos le habían dado a mami tan sólo cinco años de vida. Pero Dios tiene siempre la última palabra. Mi mamá vivió hasta los ochenta y dos años.

Quisiera compartir parte de este momento. En el 2006 le compuse una canción a mi mamá y la titulé Nací para ser Madre. Tan pronto la terminé, la llamé por teléfono y se la canté, acompañándola con mi pequeño piano. Cuando terminé, podía escuchar los gemidos de su llanto y me dijo conmovida, «qué hermosa, quiero que me la cantes en mi funeral». ¡Imagínense! Peleé por este pedido, pero fue muy insistente, le contesté «ya veremos». Y cumplí mi promesa. Mi mamá falleció el jueves, 14 de julio de 2011. Su entierro fue el sábado siguiente, 16 de julio, ¡Fiesta de la Virgen del Carmen y al mediodía! ¡María, Reina de las familias, está siempre con nosotros!

Esta historia de Fe de mi familia sigue viva. La Santísima Virgen se empeñó con nosotros a no abandonarnos. Personalmente, siempre siento su presencia. Ahora, como madre de tres hijos, y ante los retos fuertísimos que lidiamos día a día, se hace más necesario su auxilio. Aquellas conversaciones con mi madre continuaron afortunadamente. Me ayudaron muchísimo a salir de la burbuja egoísta de mis propios intereses. En 1985 mi mamá me regaló un libro titulado Escuela de la Virgen, sobre las apariciones de la Virgen en Medjugorje. Creo que en realidad fue un regalo de la Virgen hacia mí. Se trataba de jóvenes de mi misma edad. Comencé a practicar los consejos de la Virgen y a vivir los mensajes. Aunque no la escogí a propósito, la fecha de mi matrimonio fue el 25 de junio de 1988, ¡aniversario de la Reina de la Paz y en el Año Mariano! Cumpliremos con el favor de Dios, este próximo junio, ¡30 años de casados! ¿Casualidad? No, para nada. Definitivamente, María, Reina de las familias, ¡Está siempre con nosotros! – Ivette M. Rivera.

Salir de la versión móvil