«María, Consuelo de los Afligidos»: artículo ganador del segundo premio Cari Filii 2017

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María, Consuelo de los Afligidos

Segundo premio Cari Filii 2017

José Manuel García Galán

En aquella tarde primaveral la brisa soplaba suave  desde los  Pirineos, cuyos contornos se dibujaban poderosos en el horizonte. Me encontraba en lo más alto de la Basílica del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, asomado a la inmensa  explanada. Una multitud, de toda raza y cultura, bullía allá abajo, como un hormiguero humano moviéndose  en incesantes idas y venidas. Con la perspectiva de la altura, se agudiza la capacidad de observación. Hasta el espectador mas ajeno  podría percibir algo intangible que daba sentido al incesante peregrinar  de miles de personas hacia la gruta de Massabielle, creando entre todos una comunión fervorosa, postrados ante la imagen de la Inmaculada Concepción. En realidad, no era tanto lo que una vez allí pasó, lo que había traído sus pasos hasta aquel lejano lugar. Era lo que a cada momento parecía estar pasando: una invisible presencia y  acción maternal. El pensamiento surgió espontáneo en mi mente: la Virgen está trabajando, la Madre consuela. Bajé y me mezclé con la muchedumbre. Era imposible no ver la aflicción en los tullidos y en los enfermos de todo tipo que a cientos eran llevados por el Santuario. Por no decir de las dolencias del espíritu que parecían reflejar los rostros de tantos otros. Parecía claro que en el fondo de las diversas motivaciones de cada cual, estaba la búsqueda de consuelo. Para  las penas del cuerpo o las del alma, para seguir animosos en la lucha cotidiana, para vivir  la exigencia de la propia vocación, para el esfuerzo en la virtud y  la vivencia cristiana… Ayuda y consuelo, en definitiva. ¿Quién mejor que una madre para darlo?

Pero es que lo mismo podríamos observar en cualquier otro Santuario Mariano del mundo, pasando desde Fátima a Guadalupe, hasta llegar a la más humilde y recóndita ermita o capilla en la que se venere a la Bendita Virgen. Allá donde un creyente busca a María, la encontrará consolando a sus hijos afligidos. “Mi Padre trabaja y yo también” (Jn 5,17). Si el Padre y el Hijo trabajan, Ella, también. Asociada a la obra de la Redención, constituida Madre de Dios y de los hombres al pie de la Cruz, desde entonces su laboriosidad maternal es incesante en favor de nuestra salvación. Ella mira por nuestro bien en su dimensión integral, plena y definitiva, por encima de todo, quiere llevarnos con Ella al cielo. Pero mientras dura nuestro peregrinar terreno,  la precariedad y el dolor  son inseparables compañeros de viaje. Este mundo es, a menudo, un “Valle de lágrimas”, como rezamos en la Salve.

Nadie consuela como una madre. Nadie  acompaña  y anima como ellas. Por ser portadoras de la vida, por albergarla en su seno, todo su ser está modulado para sentir y vibrar con los gozos y dolores de sus hijos  Y así  debía ser la mediadora entre Dios y los hombres, una Madre con entrañas  que se conmueven compasivas por el sufrimiento de sus hijos y un corazón que se duele de su  aflicción y de su mal.

Ella provee de manera especial en nuestras necesidades, sabiendo que mientras vivimos, nunca  dejaremos de sufrir carencias. Hasta llegar a Dios y gozar de su presencia, de la plenitud del que será todo en todos, no todas las necesidades serán cubiertas en el tiempo, modo y manera que anhelamos. Pero si algo  podemos y debemos esperar siempre, es el consuelo materno de la Virgen en nuestras aflicciones.  Esto no nos puede faltar en tiempo oportuno, si acudimos a Ella fervientemente. La mejor de las madres ¿dejará de auxiliar a su hijo si éste se lo pide?  “¿Quién de vosotros siendo padre, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?”  (Mt 7,11) ¡Que no se hable más de vuestra misericordia, oh bienaventurada Virgen María, si hubiera un solo hombre que recuerde haberte invocado en vano frente a sus necesidades! (San Maximiliano Kolbe)

María es consoladora en la noche oscura del alma, en el tormento de la enfermedad física o mental, en la impotencia del que no puede llevar  el sustento a casa, en la humillación del despreciado por su raza o condición social, en el desamparo del huérfano, en la angustia del que lo pierde todo en una guerra absurda, en la degradación de las víctimas de la explotación sexual e infantil, en la miseria del que se aflige esclavo de sus pasiones y pecados… Ante semejante y escandaloso piélago de horrores, la Virgen puede decirnos: “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados” (Mt 5,5) Pero, ¿Cómo aceptar una palabra de dicha y de consuelo, en medio de semejante océano de aflicciones? Ella ha recorrido durante su vida mortal el sufrimiento en sus muchas dimensiones, ya se lo profetizó el anciano Simeón: “A ti, una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35). Así lo contemplamos en la devoción de “Los siete dolores de la Virgen”, desde la huida a Egipto, hasta el Gólgota. Como su Hijo,  “puede compadecerse de nuestras flaquezas, probado en todo igual que nosotros” (Hb 4,15).

“Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha y lo libra de sus angustias” (Sal 33). El mayor consuelo  que podemos encontrar en Ella, es el de encontrar  la paz y el sentido en la aflicción. No hay mayor desconsuelo que sufrir sin esperanza. Si es inevitable el dolor, al menos podemos servirnos de él como dura escuela de perfección. Ella no pudo evitar el sufrimiento de su Hijo, pero sí pudo acompañarlo al pie de la Cruz e integrarlo en su experiencia como instrumento de salvación, allí donde la muerte, misteriosamente, se convirtió en vida  resucitada. Por ello, su mirada trasciende nuestra aflicción para ver la dicha que se esconde al final de la sombra del dolor y de la muerte, en cada una de nuestros calvarios personales. Nuestro gran consuelo será participar de esta mirada de esperanza. El sufrimiento no es el final, es el camino. Como dijo alguien: ¡Quien tiene un por qué, puede resistir cualquier cómo!

Una vez consolados, la Consoladora nos vuelve consoladores. Una verdadera espiritualidad mariana es forzosamente misericordiosa. No es posible ser buen hijo  de tan buena Madre y no reproducir sus virtudes. No hay devoción auténtica a la Virgen que no contagie, como por ósmosis, sus actitudes. En sus manos, un dejarse hacer  a imagen de Dios,  cuyas  entrañas se conmueven de misericordia ante toda miseria humana, que no se conforma con compadecer sino que se vuelca en esfuerzo amoroso y fecundo para levantar del polvo al desvalido, alzando de la basura al pobre, como Ella misma proclama en el Magnificat.

“Este es el trabajo que Dios quiere, que creáis” (Jn 6,22). Creamos de verdad en María. Con un amor ferviente y filial por Ella, convirtámonos, a imitación suya, en trabajadores del consuelo, con una vivencia  espiritual creativa y misericordiosa ante todo tipo de aflicciones.

¡María, consuelo de los afligidos, ruega por nosotros que recurrimos a ti!

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