La Inmaculada, San Alberto, las órdenes de caballería y Guadalupe

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Alfonso V. Carrascosa, científico del CSIC, reflexiona sobre la importancia de la Inmaculada en la cultura hispánica y su relación con la advocación de “Trono de la Sabiduría”. Lo publicamos a continuación con motivo de la festividad de la Purísima.

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Este 2017 es un año especial para la celebración de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, por lo menos en España, ya que acaba de inaugurarse el Año de Murillo, que conmemora el IV centenario del nacimiento del pintor español que mejor y más pintó precisamente a la Inmaculada.

Ya hay quien ha comentado que, en el fondo, Murillo no era creyente, afirmación muy poco científica, por cierto, si nos atenemos al hecho de que nació en una familia cristiana devota de 14 hermanos y se casó una sola vez –no lo volvió a hacer tras enviudar- y tuvo nada menos que once hijos. Toda su trayectoria vital, pero sobre todo su obra, hablan por sí solas de su fe, que no fue en absoluto incompatible con la práctica del arte al más alto nivel. Es decir, no hace falta ser ateo para ser artista, como muchos creen ahora.

La primera representación pictórica de la Virgen María se encuentra en las catacumbas romanas de Priscila. El Niño Jesús está sentado en su regazo, como en un trono. Tal vez en parte por ello a la llena de gracia se la llama también Trono de la Sabiduría.

La Virgen y el patrono de la ciencia

A lo largo de la historia han sido varios los hechos que relacionan a la Virgen con la ciencia. Probablemente uno de los primeros es su relación con san Alberto Magno, dominico entregado a la erudición y el saber, auténtico portento de su época y santo patrono de los científicos. Estudió en la Universidad de Padua, donde conoció a Jordán de Sajonia, sucesor de santo Domingo, recibiendo de inmediato la vocación científico-religiosa, que siempre en él fueron unidas.

San Alberto contaba que de joven le costaban los estudios y por eso una noche planeó huir del colegio. Pero al tratar de huir por una escalera colgada de una pared, en la parte de arriba,  la Virgen María se le apareció  le dijo: “Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a Mí que soy ‘Trono de la Sabiduría?’. Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que sí fui yo quien te la concedí, cuando ya te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías”.

Y así sucedió. Y al final de su vida, un día en un sermón se le olvidó todo lo que sabía, y dijo: “Es señal de que ya me voy a morir, porque así me lo anunció la Virgen Santísima“. Y  a los pocos meses murió.

Las órdenes hispánicas de caballería y el inmaculismo

Como nos indica sin duda alguna la historia, España ha jugado un papel fundamental en el desarrollo del inmaculismo. Ya en el siglo XVII, los Caballeros de la Orden de Calatrava, Alcántara y Montesa adoptaron en su juramento defender la doctrina de la Inmaculada Concepción: “…afirmaremos, profesaremos y defenderemos que la Virgen Santísima, Madre de Dios y Señora nuestra, en el instante de su animación natural no tuvo mancha de pecado original en su Purísima y candidísima alma; por haber estado prevenida y preservada en el instante en el que el alma se unió al cuerpo con la gracia habitual santificante que la poderosa mano de Dios Omnipotente le infundió por virtud de los merecimientos de la pasión y muerte de Cristo nuestro Señor”. La Orden de Calatrava añadía el voto de sangre: entregar la vida por este hecho.

La Inmaculada en el siglo XIX

La propia Virgen María ratificaría esta centenaria  tradición española nada menos que en París, en 1830, diciéndole a santa Catalina Labouré que hiciese una medalla en la que pusiera “María, sin pecado concebida, ruega por nos que recurrimos a vos”.

El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX declaró el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En 1858 la Virgen María ratificaría el dogma recién proclamado apareciéndose nuevamente en Francia a la pastorcita Bernadette Subirous, a quien le dijo “Yo soy la Inmaculada Concepción”, además de invitar a la conversión y a la oración, algo que pasado un tiempo quedaría para siempre estrechamente unido al rezo del rosario con las apariciones de Fátima en 1917. El Premio Nobel de Medicina, Alexis Carrel acompañaría siendo un joven médico a una expedición de enfermos a Lourdes en la que una mujer tuberculosa terminal se curó instantáneamente delante de él,  que se convirtió al catolicismo, y por decirlo en la universidad fue expulsado de la misma, emigrando a Estados Unidos y ganando el Premio Nobel.

Milagros del Manto de Guadalupe

No muy lejos de estos hechos quedan los estudios sobre el cuadro de la Virgen de Guadalupe llevados a cabo por el también Premio Nobel, el químico Ricahrd Jun, en los que pudo constatar que no hay pintura alguna en el paño de la Llena de Gracia venerado en México, evidenciando de este modo el carácter milagroso del origen de dicha representación: la Virgen nos señala la limitación de lo que llamamos ciencia para comprender lo que verdaderamente importa: la Encarnación. Ese vivir de Dios con nosotros en el Emmanuel que pronto celebraremos en las Pascuas Navideñas, es también un vivir de Dios en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

María, Reina de las Familias, ruega por nosotros

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