El más bello final de una ópera de Puccini: el milagro que Sor Angélica pidió a la Virgen… «de madre a madre»

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Escena de «Sor Angélica» en el Teatro Real de Madrid. Foto: Javier del Real.

El 14 de diciembre de 1918 se estrenó en el Metropolitan Opera de Nueva York el célebre Tríptico de Giacomo Puccini (1858-1924), tres óperas concebidas según el patrón del teatro francés del Grand Guignol el cual, en una misma noche, presentaba tres espectáculos correspondientes a los tres géneros clásicos del teatro: la tragedia sangrienta (Il Tabarro), el melodrama “lacrimoso” (Suor Angelica) y la comedia propiamente dicha (Gianni Schicchi, personaje de vis cómica inspirado en el que Dante sitúa en el Infierno tomando a broma la muerte). A esta última pertenece una de las más célebres arias del compositor toscano, O mio babbino caro [¡Oh, papá querido!]. La muerte es el tema central del Tríptico, ya sea trágica, suicida o natural, respectivamente.

Los críticos consideran Gianni Schicchi la mejor de las tres, pero para Puccini la favorita era Sor Angélica, tal vez porque llegó a interpretarla al piano en el convento agustino de Vicopelago, en Lucca (la ciudad de las 99 iglesias), donde profesaba y era abadesa su hermana Higinia (1856-1922) y donde él mismo había preparado la ópera, gracias a un permiso especial para conversar con las religiosas, conocerlas y captar el aire, estilo y sentido de su vida. El libreto fue obra de Giovacchino Forzano (1884-1970), y contrariamente a lo que era costumbre en el autor de Tosca, Madame Butterfly o La Bohème, la obra final no supuso grandes tensiones con el libretista. Es la única de las óperas de Puccini cuyo libreto no se basa en una obra literaria anterior, por lo que pudo perfilarla a su gusto.

Y el resultado es una de las historias más bellas contadas y musicadas por el genio de Lucca sobre un escenario, con un final en el que la Virgen María se convierte en inesperado protagonista. Puccini no era un hombre piadoso, pero descendía de una larga dinastía de organistas en la catedral de Lucca y siendo niño había cantado y tocado incontables veces en funciones litúrgicas. Su gran biógrafo, el inglés Julian Budden (1924-2007), recuerda que el mismo Puccini citaba siempre a dos sacerdotes (Pietro Panichelli y Dante del Fiorentino) entre sus mejores amigos, y que dos de sus proyectos no realizados tenían una ambientación religiosa.

Sin embargo, fiel exponente de la Italia que ensalzaba los principios ideológicos del Risorgimento liberal, Puccini mostró en varias de sus óperas un espíritu anticlerical, con dos matices. Primero, dejaba a salvo de su visión crítica de la Iglesia a la religión en sí misma. Segundo, y en esa misma línea, a aquellos personajes religiosos que dibuja como hipócritas o malvados les contraponía la religiosidad sincera de otros: desde la piedad y la confianza en Dios de Tosca al espíritu de oración y caridad de Mimí en La Bohème, pasando por el retorno a la fe de Madame Butterfly.

Y parece que cuando Forzano le presentó el libreto de Sor Angélica, Puccini “se conmovió” ante la impactante historiaEstá ambientada en un convento de monjas a finales del siglo XVII (es la única obra de Puccini sin intérpretes masculinos), y en él ese espíritu crítico apenas puede entreverse en cierta melancolía del ambiente, o en el espíritu de corrección mutua entre las hermanas (por lo demás de tono simpático, caritativo y muy propio de las antiguas reglas) o en su sencillo ascetismo. Pero la fuerza poderosa de la historia, transida de un aprecio romántico por la vida del monasterio y por la devoción mariana de las religiosas, y sobre todo por el conmovedor final, aleja toda otra consideración.

 

El drama

Asistimos en un acto único al momento de recreo de las religiosas, en uno de los tres únicos días del año en los que la hora del asueto coincide con la reverberación de la luz vespertina sobre el agua de la fuente, aportando unos espectaculares tonos dorados que emocionan por igual a novicias y profesas (“¡Es mayo, es mayo!”).

Durante una de las conversaciones entre ellas, descubrimos que Sor Angélica llegó hace siete años al convento por razones solo conocidas por la abadesa. Era rica y noble, e ingresó tras sus muros no por vocación sino por castigo. No ha vuelto a ver a los suyos, y reencontrarlos es su único deseo.

Pero… “los deseos son las flores de los vivos”, canta tristemente Sor Angélica: “No florecen en el reino de los muertos, / porque allí la Virgen te socorre / y en su bondad / libremente se anticipa a los deseos. Antes de que florezca un deseo, / la Madre de las Madres lo ha concedido. ¡Oh, hermana, la muerte es una vida hermosa!”.

¿Cuál será ese deseo que a la religiosa atormenta?, cotillean las otras.

En ese momento el recreo se ve interrumpido. Una lujosa carroza llega a las puertas del convento. A Sor Angélica le da un vuelco el corazón. Pregunta, nerviosa, por sus características. “¡Oh, Madre Escogida [por Dios]! / ¡Lee mi corazón / y dirige en mi nombre / una sonrisa  al Salvador!“, murmura, ilusionada, en una preciosa oración.

Y finalmente suena la campana del locutorio. Es a ella a quien reclaman. La abadesa, la única que conoce su historia, le pide calma. Sor Angelica lo consigue a duras penas: “Hace siete años que espero una palabra… / una noticia, una carta. / Todo lo ofrecí a la Virgen / en total expiación“.

 

Aparece la malvada

Al otro lado de la reja se encuentra a su tía, el personaje odioso de esta ópera. Le recuerda que es hija del Príncipe Gualtiero y de la Princesa Clara. Murieron hace veinte años y ella quedó al cargo de sus dos hijas. Ahora viene a comunicarle que su hermana, Anna Viola, va a casarse. ¿Con quién?, pregunta, con palabras de cariño y alegría, Sor Angélica. “Con alguien que, por amor, perdona la culpa / con la que manchaste nuestro linaje“, escupe la tía, quien no le ahorra reproches por lo que pasó siete años atrás: Sor Angélica tuvo un hijo ilegítimo, que le quitaron al nacer antes de encerrarla en el convento.

La religiosa estalla, entonces, y suplica:

“¡Todo lo he ofrecido a la Virgen… sí… todo! / ¡Pero hay algo que no puedo ofrecerle! / A la Madre dulce de las madres / no puedo ofrecerle arrancar de mi corazón… a mi hijo. / ¡Mi hijo! / ¡La criatura que me fue arrebatada, / a quien solo una vez vi y besé! / ¡Criatura mía! ¡Criatura mía lejana! / ¡Ésta es la palabra / que imploro desde hace siete años! / ¡Hábleme de él! / ¿Cómo es? ¿Cómo es mi hijo? / ¿Cómo es de dulce su rostro? / ¿Cómo son sus ojos? / ¡Hábleme de él, / de mi hijo!”.

Pero el golpe es brutal: dos años atrás cayó gravemente enfermo, y aunque hicieron lo posible por salvarlo, murió.

“¿Murió? / ¡Ah!”, pone Puccini en labios de la monja por toda reacción, con una parquedad que estremece.

 

La gracia y el milagro

La siguiente escena nos presenta el llanto de Sor Angélica, la célebre aria Senza mamma [Sin mamá] que, según el padre Dante del Fiorentino, hizo llorar a las religiosas del convento de la hermana de Puccini cuando él la interpretó allí: “¡Sin mamá / has muerto, hijo mío! / Tus labios / sin mis besos / perdieron su color, / fríos, fríos. / Y cerraste, / hijo mío, tus bellos ojos. / No pudiendo / acariciarme, / tus manitas / compusiste en forma de cruz… / Y has muerto / sin saber / cuánto te amaba / tu madre. / Ahora que eres un ángel del cielo, / ¡ahora puedes ver a tu madre! / Puedes descender por el firmamento / y revolotear en torno a mí… te siento… / estás aquí… me besas… me acaricias. / ¡Ah, dime, ¿cuándo podré verte en el cielo, / cuándo podré besarte?! / ¡Oh, dulce fin de todo mi dolor! / ¿Cuándo podré subir al cielo contigo? / ¿Cuándo podré morir? / Díselo a mamá, bella criatura, / con el leve brillo de una estrella… / ¡Háblame, amor… amor!”.

Las religiosas la animan y cantan que “la Virgen ha acogido la oración”, “ha concedido la gracia”. Y Sor Angelica estalla de alegría: “¡La gracia ha descendido del cielo, / me enciende, / resplandece!… / ¡Alabemos a la Virgen Santa!”

Pero sus hermanas no saben que ella, aprovechando sus conocimientos de las plantas, ha decidido, en la locura de su dolor, acortar los plazos divinos, y ha ingerido un veneno para acelerar el reencuentro con su hijo. Solo después de hacerlo repara en el fatal error de quitarse la vida: ha perdido la gracia de Dios, las puertas del cielo se le cierran, su hijo quedará para siempre tras ellas. Su dolor será ahora eterno.

Y acude entonces a la Virgen en demanda de un milagro, que solicita de madre a madre: “¡Ah, estoy condenada! / ¡Me he dado muerte! / ¡Muero en pecado mortal! / ¡María, sálvame! / ¡Por amor a mi hijo / perdí la razón! / ¡No me dejes morir en condenación! / ¡Dame un signo de gracia! / ¡Oh, Virgen Santa, / sálvame, sálvame! / Una madre te reza, / una madre te implora… / ¡Oh, Madre de Dios, sálvame!”.

En el instante culmen de la obra, vemos a la Virgen mirar con gesto dulce a la religiosa, y tender hacia ella a su hijo. Se ha obrado el milagro. Sor Angélica ha sido perdonada. El reencuentro con su pequeño es el “signo de gracia” del perdón.

Un siglo separa estas dos representaciones de la escena final de «Sor Angelica». Arriba, en el estreno de 1918 en Estados Unidos. Abajo, no hace mucho en el Teatro Nacional Sucre de Quito (Ecuador).

Puccini, tal vez sin ser consciente de ello, convirtió en obra maestra de la música una historia que muy bien podría haber figurado entre las referidas por San Alfonso María de Ligorio en Las glorias de María. María, en el último suspiro, ha movido a su Hijo a misericordia para salvar un alma que era suya de corazón.

Y que supo conmoverla con un argumento irrebatible: de madre a madre, a los pies de ese Calvario en el que se había convertido minutos antes el locutorio de tan apacible monasterio.

Final de Sor Angélica, en la interpretación en alemán de la soprano croata Sena Jurinac en 1952, una de las más fieles en su impactante final (minuto 7:15) al libreto de Giovacchino Forzano.

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